2.º Encuentro para la Armonización Legislativa y el Fortalecimiento del Sistema de Fiscalización

Fiscalización y Política Pública Terapéutica

La fiscalización no debe verse como un fin, sino como una herramienta para proteger el patrimonio público y custodiar la confianza ciudadana. Si nos quedamos únicamente con la revisión estrictamente contable y financiera, nos olvidamos de lo esencial: las inconsistencias detectadas deben servir para corregir el rumbo, prevenir el daño y elevar el desempeño gubernamental con enfoque de bienestar.

La ciudadanía no quiere auditorías que solo se muestren como datos duros; busca que los servicios que proporciona el Estado, en todos sus niveles de gobierno, mejoren. De eso trata una política pública terapéutica: pasar del ambiente de apariencias, señalamiento y castigo a la reparación medible, con aprendizaje institucional y rendición de cuentas efectiva —con austeridad responsable y eficacia pública.

Cuando hablo de política terapéutica no hablo de terapias, y menos de indulgencia; significa orientar la fuerza del Estado a humanizar, considerar el bienestar emocional de los ciudadanos, recomponer procesos y prevenir reincidencias en la fiscalización y la rendición de cuentas. En el ámbito administrativo, eso implica tres verbos: esclarecer (qué ocurrió y por qué), reparar (afectaciones, retrasos, costos de oportunidad) y transformar (controles internos, incentivos, cultura). La ley es el piso —debido proceso, legalidad, proporcionalidad—; la confianza pública es el techo, lo que al final nos debe importar. Cero impunidad, trato digno y resultados verificables.

Que exista una normativa contextualizada en cada entidad federativa es, sin duda, valioso; la incoherencia normativa, no. Necesitamos transitar a estándares mínimos comunes en materia de fiscalización para todo el país: definiciones homogéneas, calendarios compatibles, criterios claros de materialidad y riesgo, y marcos sancionadores eficaces. Eso eleva la calidad de la fiscalización sin eliminar lo local. Armonizar con propósito evita auditorías y gastos innecesarios y manda el mensaje correcto a la sociedad: mismos supuestos, mismo trato —sin dejar a nadie atrás ni afuera.

La analítica y la IA, utilizadas de manera responsable, ayudan a detectar patrones, priorizar esfuerzos y reducir la discrecionalidad; pero requieren gobernanza: catálogos únicos, modelos explicables, bitácoras de decisión y supervisión humana. Tecnología sí, pero con controles que resguarden derechos, igualdad sustantiva en el acceso a servicios, y hagan auditable cada decisión.

Como mencioné en el Segundo Encuentro Nacional por la Armonización Legislativa y el Fortalecimiento del Sistema de Fiscalización en México, celebrado en Guadalajara, Jalisco, el 30 de septiembre de 2025: “La mejor fiscalización es la que evita el daño antes de que ocurra”. Auditorías de desempeño, transparencia proactiva y tableros de seguimiento con responsables, plazos e indicadores públicos convierten la observación en palanca de cambio. Si cada hallazgo se traduce en un plan de mejora monitoreable, dejamos de archivar oficios que nadie lee y empezamos a coleccionar soluciones —con enfoque territorial y comunitario.

En ese sentido, hay líneas de acción que construyen el camino:

  1. Marco común: principios y definiciones para todo el Sistema Nacional de Fiscalización, con énfasis en integridad, trazabilidad y resultados.
  2. Capacidades: rutas de profesionalización y certificaciones homologadas para auditorías, contralorías y órganos internos de control (OIC).
  3. Interoperabilidad: plataformas con estándares de datos abiertos para el seguimiento de observaciones y reincidencias, con tableros públicos.
  4. Coordinación efectiva: protocolos claros entre federación–estados–municipios y un enlace funcional con los Tribunales de Justicia Administrativa para cerrar el ciclo anticorrupción.
  5. Ciudadanía al centro: lenguaje claro, explicabilidad de hallazgos y mecanismos de participación que legitimen el proceso —la gente primero.

Ciertamente, sin garantías no hay confianza. Un modelo de política pública del cuidado, que abrace el derecho humano a una buena administración, exige investigación técnica, contradicción real de elementos, motivación reforzada y sanciones proporcionales. El objetivo no es aumentar las sanciones, sino maximizar cumplimiento y aprendizaje: no es castigar más, sino castigar mejor —cuando corresponda— y corregir procesos siempre, con honradez y responsabilidad social.

Ahora, fiscalizar olvidando la fase sancionadora y la jurisdiccional es dejar el trabajo a la mitad. Urgen protocolos de colaboración con los tribunales administrativos (federal y locales), criterios de priorización y canales para medidas cautelares que ayuden a que los expedientes y las investigaciones prosperen en lo jurídico. Cerrar el ciclo significa que cada peso observado tiene destino: recuperarlo, con justicia pronta y efectiva.

Quien paga merece conocer y entender. Por ello, son necesarias minutas públicas, resúmenes ejecutivos y visualizaciones sencillas sobre qué se observó, qué se ordenó corregir y qué ya cambió. El lenguaje claro no trivializa; democratiza. Para que la fiscalización se legitime, tiene que ser comprensible y útil para quien financia al Estado: los gobernados —con enfoque de igualdad y no discriminación.

Una política terapéutica y restaurativa observa lo que importa: cumplimiento oportuno, reincidencias, tiempos de corrección e impactos en los servicios. Esta métrica desplaza la cultura del trámite —oficios, plazos rituales, silencio, frialdad, burocracia— por una cultura de integridad: datos, resultados y rendición permanente. El incentivo cambia cuando lo valioso es solucionar, no archivar. Austeridad con eficacia, integridad como regla.

Por otro lado, acompañar no es encubrir. No podemos desconocer la importancia de la asesoría temprana, las guías técnicas y las clínicas de capacitación y reintegración para reducir errores de buena fe y reservar la coerción para lo doloso, lo grave. Esa gradualidad —advertencia, mejora, sanción— es más eficaz que la amenaza permanente. La política terapéutica y restaurativa distingue entre el error involuntario y la defraudación, las faltas graves, lo corrupto —cero tolerancia a la corrupción.

Cada observación debe dejar huella: expediente digital, línea de tiempo, responsables, evidencias y productos finales. Esa memoria permite auditar a la auditoría, conocer cuellos de botella y evitar que los mismos problemas persistan, brincando de caso en caso, sin atacar la causa de fondo. La transparencia hace que las correcciones derivadas de la fiscalización se sostengan en el tiempo: se aprende del error y se mejora el servicio público donde más se necesita.

La coordinación intergubernamental y la interoperabilidad no deben ser un lujo, sino entenderse como condicionantes del éxito. Sin datos comparables, la planeación se vuelve intuición y la sanción, azar. Con estándares comunes, la fiscalización deja de ser un conjunto de actos aislados para convertirse en política pública: predecible, medible y perfectible, con visión de largo plazo.

Que cada hallazgo nazca con un plan de mejora; que cada plan tenga indicadores públicos; y que cada indicador tenga fecha de corte. Si algo no se calcula, se olvida; si se publica y documenta, se cumple. La confianza no se decreta: se gana. Y esa victoria se traduce en que una observación de ayer se convirtió en un servicio mejor hoy, para la ciudadanía —primero las personas.

La ley nos marca el piso; la confianza nos pone el techo. Una fiscalización oportuna, profesional y comprensible repara la relación entre instituciones y sociedad. No busquemos auditorías para solo mejorar la percepción de eficacia en los ciudadanos: necesitamos, en cambio, gobiernos más cumplidos. Ese es el sentido de una política pública terapéutica y restaurativa aplicada a la fiscalización: menos ruido, más resultados, con justicia social, igualdad sustantiva y vocación de servicio.

COMPARTIR

Artículos

RELACIONADOS