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Centros de mediación universitarios: la paz también se aprende en las aulas

La Máquina del Tiempo

Hace años, al terminar una clase universitaria, un estudiante se acercó con la inquietud propia de quien empieza a descubrir que el Derecho no cabe completo en los códigos. Me preguntó si ganar un juicio era siempre la mejor forma de hacer justicia. La pregunta parecía simple, pero contenía una grieta profunda: ¿qué ocurre cuando la sentencia resuelve el expediente, pero no restaura la relación humana? ¿Qué pasa cuando el conflicto sale del tribunal con una parte vencedora, otra vencida, y ambas heridas?

México necesita aprender a gestionar sus conflictos antes de judicializarlos. Las nuevas generaciones de abogados y abogadas deben saber escuchar y construir acuerdos

Esa escena volvió a mi memoria al pensar en el papel que deben asumir las universidades públicas del país frente a una realidad inocultable: México necesita aprender a gestionar sus conflictos antes de judicializarlos. Durante décadas formamos abogados para litigar, impugnar, objetar, promover recursos y esperar sentencias. Les enseñamos a hablarle al juez, pero no siempre a escuchar a las personas. Les dimos herramientas para la confrontación procesal, pero no con la misma fuerza para la construcción de acuerdos.

Por eso, los centros de mediación universitarios representan una de las apuestas más importantes, modernas y responsables de la educación pública superior. No son oficinas accesorias ni vitrinas académicas. Son laboratorios vivos de cultura de paz. Son espacios donde la universidad deja de observar el conflicto desde la teoría y comienza a intervenir responsablemente en su transformación.

La universidad pública tiene una condición privilegiada: posee legitimidad social, conocimiento técnico y vocación humanista. A diferencia de otros modelos, el centro universitario de mediación combina tres fortalezas difíciles de reunir en un solo espacio: formación académica, servicio institucional y responsabilidad social. Mientras algunos modelos privados se explican desde la lógica del mercado, y otros modelos públicos se encuentran limitados por la carga burocrática o por la presión de resultados inmediatos, el modelo universitario tiene una ventaja superior: puede formar, prevenir, investigar, intervenir y evaluar al mismo tiempo.

Ahí radica su potencia. Un centro de mediación universitario no sólo atiende controversias; también educa a quienes las viven. No sólo concilia posiciones; enseña habilidades. No sólo cierra expedientes; abre conciencia. Cada mediación bien conducida es una clase práctica de empatía, escucha activa, corresponsabilidad y legalidad. Cada acuerdo construido por las partes confirma que la paz no es un discurso ceremonial, sino una metodología.

En un país donde muchas veces confundimos firmeza con agresión, autoridad con imposición y justicia con castigo, las universidades públicas deben convertirse en escuelas de diálogo. La cultura de paz no se decreta: se practica. No basta incluirla en discursos institucionales, ni colgarla en carteles con palomas blancas. Debe tener procedimientos, mediadores certificados, protocolos, indicadores, ética, confidencialidad, seguimiento y resultados.

El litigio seguirá siendo indispensable en muchos casos. Nadie sensato propondría sustituir la función jurisdiccional cuando existen derechos indisponibles, violencia, delitos, desigualdades profundas o materias que exigen tutela judicial. Pero sería igualmente equivocado mandar todo conflicto a los tribunales, como si la sentencia fuera la única música posible del Derecho. Hay controversias que no necesitan tambor de guerra, sino partitura de entendimiento.

Quizá por eso la música ayuda tanto a explicar este tema. En una orquesta, ningún instrumento puede imponerse permanentemente sobre los demás sin destruir la armonía. El violín, la trompeta y el tambor tienen voz propia, pero sólo producen belleza cuando aceptan escucharse, entrar a tiempo y respetar silencios. Lo mismo ocurre en la mediación. Las partes llegan desafinadas por el enojo, el miedo o la desconfianza; el mediador no toca por ellas, no compone por ellas, no decide por ellas. Su tarea es conducir para que puedan volver a escucharse y construir melodía común.

John Lennon imaginó un mundo capaz de vivir en paz. Mercedes Sosa pidió que la guerra no nos fuera indiferente. Silvio Rodríguez cantó la dignidad de sostener una convicción frente al costo. Desde otro lenguaje, los mecanismos alternativos nos recuerdan lo mismo: la convivencia humana requiere más que normas; requiere voluntad para reconocernos.

Los centros de mediación universitarios son laboratorios vivos de cultura de paz y son la oportunidad para instalar una nueva idea de justicia dentro de la comunidad universitaria que se permeará a la sociedad.

En ese camino, debo destacar el Centro de Mecanismos Alternativos de Solución de Controversias de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, que se ha  constituido en un ejemplo digno de observarse. A tres años de su creación, ha mostrado resultados muy positivos y confirma que una universidad pública puede ser mucho más que aulas, bibliotecas o títulos profesionales. Puede ser también un espacio institucional para prevenir rupturas, contener emociones, reconstruir comunicación y evitar que los conflictos escalen hasta convertirse en daños mayores.

La experiencia de la UJAT demuestra que el modelo universitario no es menor frente a otros esquemas; puede ser más completo y sostenible. Su valor no se agota en el número de acuerdos logrados, aunque esos resultados importan. Su mayor aporte está en instalar una nueva idea de justicia dentro de la comunidad universitaria: la justicia no siempre consiste en vencer al otro; muchas veces consiste en recuperar la posibilidad de convivir con el otro.

Las universidades públicas del país tienen, por ello, un compromiso histórico. Así como formaron generaciones de profesionistas, ahora deben formar generaciones capaces de gestionar el conflicto con inteligencia y técnica. El futuro de la justicia mexicana no puede depender únicamente de más juzgados, más expedientes y más sentencias. También requiere más mediadores, más espacios de escucha y más ciudadanos entrenados para dialogar.

La paz, como la música, no nace del ruido sino del orden sensible de las voces. Y si alguna institución enseña a afinar la vida pública, esa institución es la universidad. Desde sus aulas, desde sus centros de mediación y desde su compromiso social, puede recordarnos que el Derecho no fue creado para perpetuar disputas, sino para hacer posible la convivencia. Cuando las universidades públicas logren asumir plenamente esa misión, México habrá dado un paso enorme en la educación para la paz.

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