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Lo bueno, lo malo y lo feo de FaceApp

Si no usaste FaceApp, seguro escuchaste algo al respecto pues su uso se viralizó y los memes no faltaron. La aplicación funciona mediante el uso de inteligencia artificial al realizar una transformación facial que permite ver cómo te lucirías, por ejemplo, si envejecieras. De entre todos los filtros de la aplicación, ese fue el más popular. Sonaba a un entretenimiento inocuo más que llegó a internet. Pero una vez que salió a la luz que su desarrollador, Yaroslav Goncharov, es ruso y que WirelessLab, la compañía que recolecta y procesa los datos, es rusa, se encendieron las alarmas ante un potencial mal uso de los datos personales con titulares explosivos como “Los rusos ahora son propietarios de todas tus fotos viejas.” Rusia fue la clave para que la imaginación volara y de pronto ya hiciéramos nuestras caras y todas nuestras fotos en bases de datos de aquel gobierno, a pesar de que tras una investigación se determinó que las fotografías son almacenadas en servidores ubicados en Estados Unidos, que la aplicación no implica vigilancia indiscriminada y que la información no es transferida a Rusia.

Encontrarnos en bases de datos gubernamentales, voluntaria o involuntariamente, no es del todo inusual, basta recordar el proyecto PRISM  de Estados Unidos o, más recientemente, la potencial base de datos que puede formar el gobierno de la CDMX so pretexto del IMEI. De igual forma, otras aplicaciones tienen acceso al dato biométrico (es decir, datos personales que resultan de una técnica de procesamiento específica y se relacionan con características físicas, psicológicas o de comportamiento de un individuo y que permite identificarle en forma única) que significa nuestro rostro: Facebook, Instagram, Snapchat y un largo etcétera que implica reconocimiento facial también usan esa tecnología. Sin embargo, FaceApp ha servido para poner el dedo en la llaga del régimen de protección de datos y de los intrincados términos y condiciones que regulan este tipo de servicios. El escándalo de FaceApp nos ha dejado efectos buenos, malos y feos.

Lo bueno es que FaceApp ha hecho que varias personas lean sus términos y condiciones (o al menos una parte) y se sorprendan al ver la licencia mundial e irrevocable que los usuarios conceden a la empresa respecto del contenido creado por el usuario. Esto tampoco es raro, pues casi la misma cláusula se encuentra en varios servicios tales como Google, Microsoft y Facebook. Ni WirelessLab ni las otras plataformas mencionadas se apropian del contenido del usuario como equivocadamente se ha mencionado, sino que tienen una licencia mundial, perpetua, irrevocable, libre de regalías y compensaciones, y transferible. Palabras más, palabras menos, ese el contenido estándar de las licencias que otorgamos al utilizar distintas aplicaciones y plataformas. Estas licencias son vistas como un intercambio por el uso de los servicios que proveen, aunque este intercambio cada vez se mira más inequitativo. Otra cosa buena ha sido ha sido la lectura que han forzado de su política de privacidad, que es bastante genérica y no cumple con el estándar europeo ni mexicano, precisamente por es una empresa rusa y el procesamiento de los datos aparentemente se realiza en Estados Unidos. Por otra parte, el tema de la responsabilidad queda en el aire. Si tienes dudas respecto de la política de privacidad puedes contactarlos al  correo que aparece en la página pero, ¿y si no te contestan o si la respuesta no es suficiente? ¿Qué haces, con quién acudes? El documento no menciona una nada al respecto.

Lo malo es que nos deja más o menos claro que la confianza de los usuarios y del público respecto del uso de sus datos se ha ido minando, en parte por escándalos como el de Cambridge Analytica, respecto del que también se ha dicho que la cantidad de datos personales y violaciones a la regulación cometidas pueden ser menores en comparación con lo que podrían hacer las redes de publicidad dirigida  manejados por agentes de datos (data brokers) y que encontramos en varias plataformas además de Facebook (como el correo electrónico).

El modelo existente de Términos y condiciones y Política o aviso de privacidad como hasta ahora lo conocemos está dando clara muestra de sus limitaciones. ¿Funciona que existan contratos distintos (y que nadie lee) para cada aparato inteligente que está en nuestras casa y para cada servicio digital que utilizamos? Cuenten las aplicaciones en sus celulares. De todos aceptaron sus políticas, a veces kilométricas, a veces ininteligibles, a veces algo que simplemente no interesa, porque lo que interesa es que funcione.

Lo feo es que no se ha puesto en marcha un modelo que pueda sustituir o llenar los huecos que el actual modelo de privacidad tiene. Se ha propuesto la figura de fiduciarios de datos. Su símil podría ser cuando vas al médico y no tienes conocimiento de medicina, ni piensas tenerlo. Entonces te pones en manos del médico, confías en lo que hace. Tu consentimiento informado es requerido solo en ciertos procedimientos. No tienes necesariamente que entender el funcionamiento de tu cuerpo o de las enfermedades cada vez que te duele algo. Tratándose de tecnologías digitales, estaríamos confiando nuestros datos a las empresas considerando el buen uso que le van a dar. Si ese uso nos afectara entonces sería materia de alguna acción legal.

Por otra parte, aceptar términos y condiciones (además de la política o aviso de privacidad) por cada servicio o aparato inteligente resulta completamente impráctico. Si trasladáramos esa impracticidad al terreno de las compra-ventas es como si tuvieras que firmar un contrato cada vez que compras un gansito. La compra-venta también es un contrato que en muchas ocasiones se hace verbalmente (claro que esto depende del volumen de compra) porque partimos de que existen ciertos elementos: una cosa que se quiere comprar, un precio, una aceptación y el intercambio precio-cosa. Detrás de esos elementos sencillos hay toda una teoría de contratos y los contratos pueden llegar a tener gran complejidad, pero esos que son tan comunes y necesarios para la fluidez de las operaciones cotidianas podrían simplificarse para el usuario.

Resulta paradójico que la innovación en tecnologías digitales se entrampe en modelos legales que ya parecen anticuados. La tecnología requiere también de innovación jurídica, pero la innovación no es solamente la creación de nuevas figuras, sino el uso y acoplamiento de las ya existentes. Vayamos por esa innovación y dejemos de jugar al teatro del consentimiento.

 

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