Jorge Cuesta

Jorge Cuesta y su ejemplo

Debo reconocer que Jorge Cuesta es una de las figuras intelectuales que me resultan mas cercanas. En mi oficina tengo su retrato y le dediqué uno de mis libros, mientras que yo poseo algunas de sus publicaciones y otras en las que han abordado su vida y obra.

Así que este pasado 13 de agosto, que se cumplió un año más de su partida, fue una ocasión para recordarlo.

Cuesta fue un químico que también fue poeta y crítico, integrante del “grupo sin grupo” conocido como Los contemporáneos, en el que encontramos lo mismo a Salvador Novo, la pluma más afilada de México, que a Xavier Villaurrutia, autor de nocturnos inolvidables, o a Gilberto Owen, el escritor del espléndido Simbad el varado.

Como poeta escribió uno de los principales poemas herméticos de México, el Canto a un Dios mineral, obra a la vez final de sus esfuerzos. Pero, dado que mi afición a la poesía no me acredita para hablar con soltura del tema, prefiero concentrarme en su faceta y función de crítico.

Lo mismo en sus posturas políticas, en las que debatió fuertemente con Lombardo Toledado (el de los innumerables trajes grises) la educación socialista en las universidades, que en sus textos de apreciación estética o literaria, Cuesta destaca por dos razones: el brillo de su inteligencia casi cegadora; y la constante defensa de una postura personal.

Jorge Cuesta fue el hombre que se negó a dejar de pensar.

En esa defensa a ultranza del criterio individual corrió grandes riesgos; cuando con otros Contemporáneos integró su antología de poesía, la exclusión de plumas reconocidas como la de Gutiérrez Nájera le valieron críticas que se resumieron en una frase lapidara que se burlaba del bajo costo del libro en referencia a su apellido: “es una antología que vale lo que cuesta”.

Su época, finales de los años veinte hasta inicio de los cuarentas del siglo pasado, era el momento del arte nacionalista, de Rivera en la pintura, Revueltas en la música y de Fuentes en el cine; y Cuesta se negó a dejarse llevar por esa corriente fortísima, afirmando con su postura y opiniones que todo lo humano es mexicano, así que no es necesario ocuparse solamente de la reafirmación nacional.

Claro, también estaban los Estridentistas con Maples Arce al frente. La versión nacional del encanto por la máquina y la velocidad, que hizo de Xalapa su capital. Con ninguno de estos grupos congenió Jorge Cuesta.

En todo caso, que corresponde al artista y al intelectual definir qué quiere crear o de qué asuntos ocuparse.

Así, el ejemplo del alquímico Cuesta, quien por cierto preparaba su propia agua de colonia, modeló el personaje intelectual mexicano: independencia de criterio, autonomía en la elección de los temas, y estilo personal en la ejecución.

Me parece particularmente interesante su postura de buscar algo más allá de lo inmediato, de entender que los apuros del momento sin duda son relevantes, pero que lo importante va más allá, y que es necesario mirar lejos para tener un rumbo. Esto no lo convierte en profeta o adivino, pero sí en alguien que, dentro de las limitaciones propias de toda vida humana, supo mirar donde otros no lo hacían.

Hoy recuerdo sus ideas acerca de Diego Rivera, no compartía sus ideas políticas, pero admiraba el firme pincel que empuñaba; esto lo llevo a reconocer que la creación va más allá de la ideología, ya que se puede admirar sin compartir.

Cuesta fue nuestro primer intelectual, y para algunos, sigue siendo nuestro mayor ejemplo. 

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