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La División Sexual del Trabajo en el Mundo, en México y América Latina

Coautora Jared Melyssa Alvarado Martínez

“La flexibilidad laboral ha sido presentada como una forma de privilegiar al individuo, sus decisiones y su libertad, pero en muchos casos en la práctica implica una precarización de las condiciones laborales, la intensificación del trabajo de unos y otras y más incertidumbre.”

Actualmente, abordar el tema de la división sexual del trabajo en el mundo, en México y América Latina en particular, remite a por lo menos tres importantes transformaciones sociales ocurridas durante las últimas décadas a nivel mundial:

  1. El proceso de transición demográfica que implica la reducción de la mortalidad, pero sobre todo de la fecundidad,[1] lo cual sin duda representó cambios enormes en la vida de las mujeres, en la carga de trabajo y en las posibilidades y modalidades de su desarrollo laboral.
  2. El aumento significativo de la presencia femenina en el mercado laboral, la educación, la política, etc.[2]
  3. La expansión de la precariedad laboral bajo la idea de “flexibilidad”.

“La división sexual del trabajo, además de responder a intereses económicos (del capital), incluye un fuerte asiento en la ideología patriarcal que en cada sociedad adquiere diversas connotaciones y que sitúa a los hombres y a las mujeres en diferentes posiciones dentro y fuera de la familia.”

Estos procesos, han repercutido en hombres y mujeres, así como en las relaciones entre ambos, tanto dentro del mercado laboral, como en el interior de los hogares. Hasta dónde los reacomodos implicados representan cambios profundos en la histórica desigualdad en la división sexual del trabajo está por verse, pues ha habido resultados contradictorios. Por ejemplo, el ingreso de las mujeres al mercado laboral las ha puesto en el callejón de la “doble jornada”, por tener que seguir asumiendo de manera casi exclusiva el trabajo doméstico. En ese sentido, podría decirse que la participación económica de las mujeres no es por sí misma un avance hacia la equidad de género.

Sin embargo, esa misma participación económica, con todo y la sobrecarga de trabajo, ha contribuido a generar condiciones materiales y subjetivas que contribuyen a la autonomía de las mujeres trabajadoras. Por otro lado, la flexibilidad laboral ha sido presentada como una forma de privilegiar al individuo, sus decisiones y su libertad, pero en muchos casos en la práctica implica una precarización de las condiciones laborales, la intensificación del trabajo de unos y otras (con la mencionada mayor sobrecarga de estas últimas) y más incertidumbre, lo cual en realidad limita la libertad de elección, las posibilidades de planear a largo plazo y de asegurar el ejercicio de los derechos.[3]

“La división sexual del trabajo se incrusta hondamente en las estructuras objetivas de lo social, pero también en la dimensión subjetiva de hombres y mujeres en tanto seres sexuados conforme a principios de división producidos y reproducidos históricamente.”

En ese contexto de cambios contradictorios, los roles especializados de género conforme a una división sexual del trabajo “tradicional” continúan operando en distinta medida según los contextos. Los mandatos culturales siguen situando preferente o exclusivamente a las mujeres en el hogar y a los hombres en el espacio público, en el trabajo para el mercado. Las fuerzas sociales materiales y culturales a la fecha siguen tomando parte en la reproducción de la división sexual del trabajo que ubica a mujeres y hombres en espacios y actividades exclusivas y excluyentes, con diferente jerarquía y desigual carga de trabajo.

En la división sexual del trabajo, las tareas adquieren significados y funciones económicas y políticas, a la vez que se ordenan con elementos ideológicos conferidos históricamente. Es decir, la división sexual del trabajo, además de responder a intereses económicos (del capital), incluye un fuerte asiento en la ideología patriarcal que en cada sociedad adquiere diversas connotaciones y que sitúa a los hombres y a las mujeres en diferentes posiciones dentro y fuera de la familia.

No existe ningún determinismo biológico en ella que haga de antemano que el trabajo de cada sexo sea más o menos reconocido. Pero los mecanismos económicos en conexión con las relaciones de dominación patriarcales han ocasionado una infravaloración sistemática de las tareas socialmente asignadas a las mujeres en sociedades como la nuestra.

Así pues, la división sexual del trabajo se ha instituido como parte de las relaciones de dominación entre los sexos mediante, lo que Bourdieu llama “un proceso histórico de deshistoricización” de las estructuras de la división sexual en la sociedad y de los principios de división correspondientes.

La división sexual del trabajo se encuentra entre los aspectos estructurales de la organización social; apunta lo mismo hacia la estructuración de las relaciones económicas, que hacia la estructuración de las relaciones entre los sexos, más allá de la conciencia y la voluntad individuales. Para Bourdieu la división sexual del trabajo se incrusta hondamente en las estructuras objetivas de lo social, pero también en la dimensión subjetiva de hombres y mujeres en tanto seres sexuados conforme a principios de división producidos y reproducidos históricamente; todo ello mediante instituciones como la familia, la iglesia y el Estado.

Antecedentes del lugar y el trabajo de la mujer en México

Es importante recordar que la “cultura mexicana” es una construcción que se genera a partir de un choque entre diversas culturas. Toda la construcción ideológica de lo que entendemos como propia de los hombres y de las mujeres tiene antecedentes que se remontan hasta el México prehispánico. Por lo que haremos un breve recorrido por nuestra historia, en los números subsecuentes, para poder entender el camino que nos trajo a este punto, en donde analizaremos los siguientes periodos: época, prehispánica, Colonial, Independencia y Revolución, y México moderno.


[1] En México, esa reducción fue muy marcada: de una tasa global de fecundidad máxima de 7.5 hijos por mujer en 1968, se llegó a una de 2.24 hijos por mujer en 2005. De acuerdo con Teresa Rendón, “la caída en la fecundidad está considerada como uno de los resultados de la reducción de la desigualdad por género, pero también puede ser el resultado de la distribución inequitativa de responsabilidades entre hombres y mujeres y de la lenta respuesta de la sociedad para cambiar las funciones asignadas” (Trabajo de hombres y trabajo de mujeres. México, UNAM/CRIM, 2003, p. 72.). Así, la relación entre fecundidad y división sexual del trabajo no es lineal, requiere ser analizada en su contexto en cada caso.

[2] Algunos estudios relacionan en cierta medida y de diversas maneras esa mayor presencia femenina en los campos citados con el descenso en la fecundidad.

[3] Hay estudios que demuestran que la flexibilidad laboral se ha introducido y desarrollado con la finalidad de reducir los costos en las empresas. Por tanto, con la flexibilidad laboral sólo se beneficia al capital, sin importar las necesidades de los trabajadores, los cuales son perjudicados en sus remuneraciones, en su seguridad laboral y, en general, en su calidad de vida.

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