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Jóvenes de ayer y hoy.  ¿Qué celebramos?

La Máquina del Tiempo

Los jóvenes de 1970 crecieron en un entorno marcado por la Guerra Fría, la represión política y el auge de movimientos sociales de gran calado. Asumieron un rol protagónico en la lucha contra el autoritarismo, el racismo y la exclusión. Su participación en movimientos estudiantiles, feministas, sindicales y de liberación nacional fue intensa y en muchos casos heroica.  Fueron impulsores del acceso masivo a la educación universitaria, la conquista de derechos civiles y laborales, y la expansión del pensamiento crítico a través de expresiones contraculturales. Su acción política fue audaz, aunque enfrentada frecuentemente a represiones sangrientas.

“Los logros sociales de los jóvenes de los 70 se centraron en el acceso masivo a la educación superior, la expansión de los derechos individuales, la internacionalización de sus experiencias a través de viajes, intercambios y el naciente mundo digital. Sin embargo, enfrentaron los efectos de políticas económicas neoliberales: flexibilización laboral, precarización del empleo y endeudamiento educativo.”

Su forma de protestar era física y colectiva: tomas de universidades, marchas masivas, huelgas prolongadas. El cuerpo era la principal herramienta de resistencia. A menudo enfrentaron riesgos de encarcelamiento, desaparición o muerte. Respecto a la tecnología, su alcance era limitado: mimeógrafos, periódicos impresos, radio y reuniones clandestinas eran los principales medios de organización. La música, la poesía y el cine se convirtieron en poderosos vehículos de influencia simbólica. Al llegar el año 2000, los jóvenes vivían en un contexto de globalización, consumismo y nuevas promesas democráticas. La caída del Muro de Berlín había desdibujado los grandes relatos ideológicos, y la internet comenzaba a modificar la forma de acceder a la información.

Los logros sociales de esta generación se centraron en el acceso masivo a la educación superior, la expansión de los derechos individuales, la internacionalización de sus experiencias a través de viajes, intercambios y el naciente mundo digital. Sin embargo, enfrentaron los efectos de políticas económicas neoliberales: flexibilización laboral, precarización del empleo y endeudamiento educativo.

En cuanto a las formas de protesta, se mantuvo una pulsión crítica, aunque menos cohesionada. Las protestas antiglobalización, los movimientos estudiantiles y las marchas por derechos humanos mostraron que el impulso por el cambio no se había extinguido, pero se expresaba con nuevos lenguajes: performances, arte callejero, ciberactivismo incipiente. En términos de tecnología, esta generación fue pionera en el uso de computadoras, teléfonos celulares y acceso a internet. Las redes sociales emergentes y los blogs permitieron nuevas formas de expresión, aunque aún con alcance limitado.

La juventud del presente –generación Z y millennials jóvenes– ha crecido en un entorno completamente digital. Viven en un planeta interconectado, pero también afectado por crisis simultáneas: climática, económica, sanitaria y de salud mental. Los logros sociales más notables de esta generación son cualitativos: el reconocimiento legal y simbólico de las diversidades sexuales y de género, la consolidación del feminismo interseccional, la visibilidad de las neurodivergencias y la exigencia de bienestar emocional. Las nuevas generaciones han demostrado una ética de cuidado, inclusión y respeto, aunque en un mundo que muchas veces no les ofrece garantías de estabilidad.

Su protesta se manifiesta de forma dual: ocupan las calles en marchas globales, como las del clima, pero también viralizan causas a través de hashtags y videos en TikTok, Instagram o YouTube. Pueden movilizar a millones de personas con una narrativa breve, directa y emocional. La influencia ya no depende solo del número de personas en una plaza, sino de las interacciones digitales que detonan conversaciones planetarias.

En cuanto a la tecnología, son nativos digitales: usan inteligencia artificial, editores de video, realidad aumentada, plataformas de organización colectiva y redes sociales que permiten inmediatez, creatividad y alcance global. No obstante, también enfrentan los peligros de la sobreexposición, la desinformación y la adicción tecnológica.

En el marco del Día Internacional de la Juventud, resulta indispensable identificar los desafíos contemporáneos que enfrentan los jóvenes. A pesar de tener acceso a tecnologías que abren oportunidades inéditas, las juventudes viven tensiones profundas  como la ambiental: el colapso climático no es un escenario futuro, es una realidad presente. Los jóvenes no solo heredan un planeta deteriorado, sino que son quienes más exigen políticas sostenibles y ecológicas, incluso sin recibir suficiente respuesta institucional.

Económicamente, su aspiración de empleo es inestable y la vivienda propia y el acceso a servicios básicos se han convertido en logros cada vez más lejanos. Muchos jóvenes trabajan en economías informales o bajo esquemas de explotación digital disfrazada de “flexibilidad”.

Por otra parte, la ansiedad, la depresión y la soledad se han disparado entre las juventudes, agravadas por la pandemia, las redes sociales y la presión por el rendimiento constante. La atención emocional y el acompañamiento psicológico siguen siendo temas pendientes. Las brechas entre jóvenes de distintos países –e incluso dentro de los mismos territorios– son abismales. No es lo mismo ser joven en una comunidad rural sin acceso a internet, que en una ciudad digitalizada. Las oportunidades no están distribuidas equitativamente.

Los sistemas políticos tradicionales no logran captar ni canalizar las demandas juveniles. Muchos jóvenes se sienten ajenos a los partidos, parlamentos y mecanismos institucionales, lo cual aumenta el riesgo de apatía o radicalización.

Al mirar a los jóvenes de 1970, del 2000 y de hoy, no vemos generaciones fragmentadas, sino eslabones de una misma cadena histórica. Cada una ha protestado con las herramientas de su tiempo, ha conquistado derechos y ha inspirado a la siguiente. Pero las juventudes actuales enfrentan retos sin precedentes que exigen una respuesta global, solidaria y urgente.  En este 12 de agosto, más que celebrar a los jóvenes, toca escucharlos. Ellos no son el futuro: son el presente más consciente, creativo y comprometido que tenemos.

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