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Inteligencia artificial en la abogacía: una herramienta, no un reemplazo

En los tiempos actuales de la era digital, difícilmente hay una conversación entre abogados que no termine tocando el tema de la inteligencia artificial. Ya sea en un despacho, en el área jurídica de una empresa o en el gobierno, todos los que ejercemos esta profesión nos estamos preguntando si la tecnología va a sustituirnos, o únicamente cambiar la manera en la que ejercemos.

            Es una pregunta difícil y probablemente alguien que no ejerce esta profesión podría responder que sí nos sustituirá. Hace unos años, en la Universidad un profesor me dejó la tarea de leer a Andrés Oppenheimer [1], quien, entre muchas profesiones, nos ubicó a los abogados entre las profesiones más expuestas a la automatización.

            En ese momento creí que era imposible, pero conforme avanzó la automatización y principalmente con el uso de la Inteligencia artificial generativa, hubo un momento en el que dudé… hasta que aprendí a utilizarla e incorporarla en mi día a día, hoy y durante los últimos años, principalmente como abogado de empresas del sector financiero.

            Mi opinión, después de usarla de manera cotidiana en mi trabajo, es que la inteligencia artificial es una herramienta que potencia el trabajo del abogado, no un sustituto de su criterio. Y esto no lo digo por escepticismo tecnológico, sino por la experiencia diaria de ver en qué es realmente buena y en qué todavía no.

            Hay tareas donde la inteligencia artificial representa un ahorro de tiempo considerable. Un ejemplo cotidiano puede ser cuando se revisa un contrato extenso, en lugar de leer página por página buscando manualmente una cláusula, una definición específica o una fecha de vigencia, se le puede pedir a la herramienta que localice esa información en segundos, dentro de decenas de páginas. Lo mismo ocurre al comparar dos versiones de un mismo contrato para identificar qué cambió entre un borrador y otro, cosa que de forma manual puede tomar una hora, con estas herramientas toma minutos.

            Otro uso frecuente es el de partir de una idea general para llegar a un primer borrador (En esto, hago hincapié que siempre debemos revisar y mejorar las propuestas de la IA). Si se necesita una cláusula de confidencialidad, de no competencia o de limitación de responsabilidad, se le puede plantear a la herramienta la idea central sobre qué se quiere proteger, bajo qué condiciones, con qué consecuencias y a partir de ahí obtener una primera propuesta de redacción. Ese primer borrador no es el producto final; es un punto de partida que ahorra el tiempo de la página en blanco.

             En mi caso, uno de los usos más frecuentes ha sido en materia de cumplimiento regulatorio. En los procesos de KYC, revisión documental y due diligence, la IA nos permite revisar e identificar documentos con mayor rapidez, pues clasifica la información, verifica que la documentación esté completa y señala inconsistencias o posibles focos rojos. Según mi experiencia, esto ha reducido considerablemente el tiempo que dedicamos a la revisión inicial de cada expediente y lo relevante no es solo el ahorro de tiempo, sino dónde se reinvierte porque el equipo deja de leer documentos para verificar que estén completos y concentra su criterio en lo que realmente lo requiere, que es confirmar que lo que dice la herramienta sea correcto y analizar a fondo las alertas que identifica.

            No todo puede basarse en experiencia personal y es por eso que quiero traer algunos datos relevantes por aquí:

            En la Universidad de Minnesota, un grupo de profesores hizo el primer experimento controlado sobre el tema en el que pusieron a estudiantes de Derecho a redactar una demanda, un contrato, parte de un manual para empleados y un memorándum para un cliente.

            Dividieron a los estudiantes en dos grupos, uno trabajó con ayuda de inteligencia artificial (GPT-4) y el otro sin ella. Al comparar los resultados, los trabajos de ambos grupos tuvieron una calidad muy parecida; la diferencia estuvo en el tiempo.

Quienes usaron inteligencia artificial terminaron entre un 12% y un 32% más rápido, según la tarea[2]. Además de esto, hubo un detalle interesante que no era parte del objetivo principal del estudio, pero resultó que en las tareas donde la inteligencia artificial sí ayudó a hacer un mejor trabajo, los que más mejoraron fueron los estudiantes a los que normalmente les iba peor en calificaciones.

Fuera del Derecho, los números van en la misma dirección. En un experimento publicado en la revista Science, con 453 profesionistas, el tiempo para completar tareas de redacción bajó 40% y la calidad subió 18%[3]. Por otro lado, en un estudio con 758 consultores de Boston Consulting Group, quienes usaron IA terminaron más tareas, lo hicieron 25% más rápido y entregaron trabajos de mayor calidad que sus colegas[4].

            Todos estos datos son bastante interesantes y probablemente te animen a ti lector a utilizar más la Inteligencia artificial, sin embargo, estos estudios dejaron una advertencia que para mí es la lección más importante de todas, y es que cuando a los consultores se les dio un problema que la IA no podía resolver bien, quienes confiaron en ella se equivocaron bastante más que quienes trabajaron sin ella, es decir, la herramienta ayuda mucho, siempre y cuando quien la usa sepa distinguir cuándo puede confiar en ella y cuándo no.

            Y es que eso, al final del día, sigue siendo criterio de abogado.

            Después de respaldar mi punto con datos, aquí es donde conviene ser honesto sobre los límites, pues la inteligencia artificial no tiene criterio jurídico propio, no conoce el contexto completo de un cliente ni las particularidades de una negociación, y puede generar información que suena convincente pero que es incorrecta o está desactualizada (Sí, me ha pasado que cita leyes derogadas). Por eso, todo lo que produce debe pasar por al menos una o dos revisiones adicionales de un abogado con experiencia, primero para verificar que el fundamento legal citado exista y esté vigente, y después para confrontar el resultado contra el objetivo real de la negociación o del asunto.

            En 2026, no estamos en un punto en el que esta tecnología pueda reemplazar el juicio profesional, pues la responsabilidad de lo que se firma, se presenta ante una autoridad o se le entrega a un cliente, sigue siendo del abogado, no de la herramienta que ayudó a redactarlo. No olvidemos el caso en Nueva York, donde unos abogados presentaron un escrito con sentencias inventadas por ChatGPT que nunca verificaron, motivo por el que el juez los multó con $5,000 dólares.

            A los estudiantes que se acercan a estas herramientas les diría que las utilicen para entender, no para evitar entender. Si no queda claro qué significa un concepto, cómo opera, alguna locución en latín o cualquier tema del cual existan dudas, pedirle a la herramienta una explicación breve y en lenguaje llano puede ser un buen punto de partida para después ir a las fuentes del derecho. Ahora bien, el riesgo está en quedarse solo con la explicación de la máquina sin verificarla ni profundizar en ella, porque ahí es donde se pierde el criterio que hace falta para saber cuándo esa explicación está incompleta o es errónea (Incluso veo bastante útil comentarlo con los profesores y poder intercambiar ideas).

            La inteligencia artificial ya forma parte del ejercicio cotidiano de la abogacía y su presencia va a crecer, eso es evidente, pero su lugar correcto es el de un asistente eficiente para tareas de localización, comparación y primer borrador, siempre bajo la supervisión de un profesional que revise, corrija y asuma la responsabilidad final. El día en que esa revisión humana deje de ser necesaria todavía no ha llegado, y mientras eso no ocurra, la mejor forma de usar estas herramientas es como un punto de apoyo, no como un punto de llegada.

            Y si te preguntas si este artículo lo escribió una inteligencia artificial, la respuesta es no. Lo escribí yo, con mis ideas, mi experiencia y mis errores. ¿La usé? Por supuesto, me ayudó a encontrar estudios y a revisar algunas citas, igual que antes lo habría hecho una biblioteca o un buscador, pero qué decir, cómo decirlo y qué valía la pena incluir lo decidí yo. Y eso es justo lo que quise demostrar.


[1] Oppenheimer, Andrés. “¡Sálvese quien pueda! El futuro del trabajo en la era de la automatización.” 2018. Editorial Debate.

[2] Choi, Jonathan H., Monahan, Amy B. y Schwarcz, Daniel. «Lawyering in the Age of Artificial Intelligence.» Minnesota Law Review, vol. 109, núm. 1, 2024.

[3] Noy, Shakked y Zhang, Whitney. «Experimental evidence on the productivity effects of generative artificial intelligence.» Science, vol. 381, núm. 6654, 2023, pp. 187-192.

[4] Dell’Acqua, Fabrizio et al. «Navigating the Jagged Technological Frontier: Field Experimental Evidence of the Effects of AI on Knowledge Worker Productivity and Quality.» Harvard Business School, Working Paper, 2023.

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