congreso-de-la-union

El debate original: “centralismo vs. federalismo”

El pasado 1º de septiembre se instaló formalmente la LXIV Legislatura, un hecho histórico ya que marca un cambio importante en la composición y por ello en el rumbo que pueda tomar el país. Después de 25 años de haberse instaurado por principios democráticos la alternancia y los gobiernos divididos, un partido político gana la presidencia de la República y también el control mayoritario del Congreso de la Unión.

Sobre este hecho, han surgido muchos cuestionamientos, dudas sobre el destino político del país. Saber si nos dirigimos realmente a lo que el presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador ha denominado como “la Cuarta Transformación” o simplemente regresamos al siglo XX, con un partido hegemónico y un presidente con poderes “metaconstitucionales”, y que se termine con la pluralidad en la representación popular y, por tanto, la alternancia en el poder y con un gobierno plenamente centralista.

Este dilema encierra un asunto aún más añejo y no resuelto desde que México es un país independiente. El eterno debate entre tener una República centralista o federalista.

Desde la Constitución de 1824, México es, en su esencia independentista, una nación que adopta la forma de República representativa popular federal para su gobierno. Desde entonces la lucha se mantiene de una u otra forma entre quienes pretenden, por una parte, una República federalista, sustentada en las ideas liberales de la constitución y el movimiento de independencia de Estados Unidos, por otra parte están los centralistas, quienes si bien concebían la independencia, también buscaban una nación independiente pero con un gobierno similar a la Corona española.

Los centralistas, opositores a la Constitución de 1824, argumentaron que siempre habían existido las provincias con un gobierno central y consideraban que el régimen federal debilitaría a la nación, la cual necesitaba unión para hacer frente a eventuales intentos de reconquista de España. En contraparte, los federalistas, influenciados por la Constitución de Estados Unidos y por las ideas de los padres fundadores de aquella Nación, como Hamilton, Madison y Jefferson, sostenían que era el deseo y voluntad de la nación y los estados constituirse de esta forma; atribuyeron la prosperidad estadounidense a dicho régimen y achacaron el fracaso de Iturbide al intento de instaurar el Segundo Imperio.

Se puede considerar que la esencia fundamental del federalismo de Estados Unidos, promovida por los padres fundadores, nunca fue recogida realmente en México. Entre sus premisas fundamentales se encuentran la independencia y que los estados provean a su población de bienestar y satisfactores, para ello, los estados deben ser los responsables de hacer las recaudaciones, y que en esta conformación el Senado de la República sea su representante y no un instrumento del poder de la Federación.

En su serie de ensayos titulados “Los artículos de la Federación”, Alexander Hamilton, en colaboración con James Madison y John Kay, publicados bajo el seudónimo de Publius, exponen la importancia de la participación de los estados dentro de la vida democrática: “¿Pueden los gobiernos de los estados llegar a ser insignificantes cuando  tienen el poder de recolectar el dinero en forma independiente y sin control? Si son realmente importantes, si están calculados para promover los intereses esenciales de las personas, ellos deben tener su confianza y su apoyo”.

Sin embargo, a pesar de dicha influencia estadounidense y las ideas de liberales de la Revolución Francesa, México no ha logrado superar este importantísimo debate entre una organización centralista o una federalista con las implicaciones que una y otra imponen. Esa ha sido la historia de los más de 200 años del México independiente, una lucha intestina, entre quienes quieren mantener un gobierno Central, como pasó en la Constitución de 1835 y las “Siete Leyes” que tuvieron por objeto sustituir la Constitución de 1824, lo que dio pie a sublevaciones e intentos separatistas, como sucedió en Yucatán, Tabasco y, desde luego, Texas.

En el Siglo XX, los gobiernos emanados de la Revolución Mexicana adoptaron un gobierno centralista con fachada federalista, basada en la idea de partido único o dominante, como lo fue el PRI hasta 1997.

Hasta la administración del presidente Miguel de la Madrid se retomó un rumbo verdaderamente federalista. Después asumir el gobierno de una nación totalmente quebrada, a punto de declarar la moratoria de pagos, de no tener industria y con una actividad petrolera en crisis, se entendía que había que regresar a la base fundamental del federalismo, retribuyendo su vocación a los municipios. En la exposición de motivos de la reforma del 115 Constitucional, Miguel de la Madrid fue muy claro al señalar que: “La centralización ha arrebatado al Municipio capacidad y recursos para desarrollar en todos sentidos su ámbito territorial y poblacional: indudablemente, ha llegado el momento de revertir la tendencia centralizadora, actuando para el fortalecimiento de nuestro sistema federal. No requerimos una nueva institución: tenemos la del Municipio”.

En la administración de Carlos Salinas de Gortari, el esquema fue contrario al esquema federalista de su antecesor, si bien se privilegió el centralismo y la concentración de poder, sólo en la reforma educativa que impulsó Ernesto Zedillo se planteó un esquema verdaderamente federalista, un nuevo pacto federal para el sistema educativo. Durante el gobierno de Zedillo se impulsó el federalismo en lo que llamó el “Nuevo federalismo” bajo el cual se pretendió fortalecer las atribuciones y las capacidades de los gobiernos estatales y municipales, para ofrecer soluciones de manera local a las demandas de los ciudadanos.

Durante las dos administraciones que siguieron a Ernesto Zedillo, se favoreció nuevamente un esquema centralista. Por otra parte, la administración de Enrique Peña Nieto se fortaleció una estructura de gobierno federalista. Desde el inicio de su mandato impulsó el federalismo y señaló que “el gobierno de la República trabaja para incrementar la capacidad de respuesta de los gobiernos locales, pues se busca un federalismo fuerte, con entidades responsables, eficaces y sólidas”.

Sin embargo, el dilema entre centralismo y federalismo sigue siendo un tema no resuelto en gran parte a la debilidad institucional que afecta a los dos esquemas. Corrupción, inseguridad, distribución del ingreso y atención de las demandas ciudadanas, están quedando muy lejos de ser resueltas.

El gran reto que tendrá el gobierno de Andrés Manuel López Obrador será el de fortalecer las instituciones para poder definir el rumbo más adecuado del país, de lo contrario, aunque asuma el control central del gobierno y la tutela de los gobiernos locales, si no existen instituciones sólidas el dilema se mantendrá y las carencias crecerán.

COMPARTIR

Artículos

RELACIONADOS