La afirmación de Jorge Luis Borges es siempre contundente: “De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación.
“La obra de arte siempre ha ido acompañada de las tecnologías, ambas son parte de la evolución social. No hay duda de que estas últimas son poderosas propulsoras de los cambios en la historia. Aunque no siempre se les ha dado la utilización correcta, prevalece el buen uso de la mayoría de ellas.”
Si, por un momento, pudiéramos equiparar al libro con la creación artística veríamos que, en efecto, las obras de arte son también una extensión de la memoria y de la imaginación. Estándestinadas a ir más allá de lo inmediato y lo evidente. Formulan una visión nueva y libre.
La obra de arte siempre ha ido acompañada de las tecnologías, ambas son parte de la evolución social. No hay duda de que estas últimas son poderosas propulsoras de los cambios en la historia. Aunque no siempre se les ha dado la utilización correcta, prevalece el buen uso de la mayoría de ellas. No podría entenderse el orbe sin los avances tecnológicos en todos los ámbitos del acontecer humano. En el siglo XXI el flujo de las tecnologías es arrollador, particularmente las de carácter digital. Se asegura que el mundo está por dar un giro radical en la forma de entender la realidad misma.
Hoy, la Inteligencia Artificial (IA) –como si fuera un relato de ficción científica– interviene en casi todos los terrenos: la salud y las comunicaciones, la genética y la neurociencia, la exploración espacial, los procesos productivos y también en la utilización de contenidos de arte y cultura. La UNESCO la definió de la siguiente manera: “máquinas capaces de imitar ciertas funcionalidades de la inteligencia humana incluyendo la percepción, el aprendizaje, el razonamiento, la resolución de problemas, la interacción del lenguaje e incluso la producción creativa”.
Se estima que existen en el mundo más de 70 mil empresas y centros de IA. El hecho presenta riesgos, pero son más los beneficios que aporta en la carrera hacia el porvenir. El debate consiste en si debe o no ser regulada. La mayoría de las naciones ha optado por una respuesta afirmativa. Resulta ineludible evitar que las prácticas derivadas de la IA vulneren la igualdad, la protección de datos, la privacidad y muchos otros derechos, entre ellos los derechos de autor.
En 2024, el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, declaró: “Seamos claros: el destino de la humanidad nunca debe quedar en manos de la ‘caja negra’ de un algoritmo. Los seres humanos siempre deben conservar el control sobre las funciones de toma de decisiones, guiados por el derecho internacional humanitario (…). La mano de la humanidad creó la IA. La mano de la humanidad debe guiarla hacia adelante”.
La visión debe ser clara: no por privilegiar los beneficios de la IA se pueden permitir los perjuicios que dañen a las creadoras y a los creadores en el ejercicio de sus derechos. En ese sentido, aunque ya se crean leyes y normativas en diversos países, la respuesta legislativa está resultando lenta y poco contundente. Especialmente si sabemos que la IA, en particular la generativa, no aporta algo positivo a la creación artística. Por el contrario, en el estudio mundial encargado por la Confederación Internacional de Sociedades de Autores y Compositores (CISAC) para medir el impacto mundial en las industrias musical y audiovisual se estima que: “la IA generativa enriquecerá a las empresas tecnológicas y comprometerá sustancialmente los ingresos de los creadores humanos”.
La interacción entre la creación artística y los sistemas de IA deberá apegarse a las leyes locales, los tratados y convenios internacionales en materia de derecho de autor. Es una obligación que no puede soslayarse, permitir lo contrario sería un retroceso histórico sin precedentes. Muchas generaciones de creadores han luchado para lograr el reconocimiento a su trabajo. La aspiración es sencilla: vivir del producto de sus obras.
Las sociedades de gestión colectiva son los organismos que los creadores han construido para que los representen y administren sus derechos autorales. Agrupadas a nivel internacional en la CISAC, existen más de 220 de esas instituciones y, entre ellas, prevalece el consenso de enfrentar de manera decidida el desafío que representa la IA. Se parte de la certeza de que la creación artística –la que han realizado las mujeres y los hombres de todas las eras– es una revelación que otorga sentido humano a nuestra convivencia.
“Las sociedades de gestión colectiva son los organismos que los creadores han construido para que los representen y administren sus derechos autorales. Agrupadas a nivel internacional en la CISAC, existen más de 220 de esas instituciones y, entre ellas, prevalece el consenso de enfrentar de manera decidida el desafío que representa la IA.”
La Sociedad de Autores y Compositores de México (SACM) está siempre abierta a la innovación tecnológica, pero nunca a costa de los derechos de los autores y compositores. En un marco general, los integrantes de la SACM estarían dispuestos a permitir el uso de sus obras, siempre y cuando se haga en el ámbito de la ética y la transparencia, bajo autorización y cubriendo oportunamente las regalías correspondientes.
La lucha no consiste en una pretensión vana de intentar detener la carrera de la tecnología digital. Lo que se busca es el reconocimiento pleno de los derechos morales y patrimoniales que son conquistas históricas.
En México es necesaria una reforma a la Ley Federal del Derecho de Autor, aunque no debemos esperar hasta que se logre para poder proteger los derechos de los creadores. La ley contiene en su articulado las disposiciones jurídicas que permiten la defensa. En sus normas se determina que el autor es la persona física que ha creado una obra literaria y artística. El autor –o sus causahabientes–, es el titular de los derechos morales y patrimoniales. Los creadores tienen el derecho a autorizar o prohibir la explotación de sus obras y les corresponde el derecho a recibir las regalías por la comunicación o transmisión pública en cualquier medio. También se establece que las obras derivadas serán protegidas en lo que tengan de originales y sólo podrán ser explotadas si cuentan con la autorización del titular de los derechos. Estas disposiciones son relevantes y sirven para no quedarse con los brazos cruzados. Desde luego, es necesario reforzarlas incluyendo de manera expresa la regulación precisa a la inteligencia artificial generativa.
En la SACM se considera inaplazable una reforma a la ley para fortalecerla frente a los impactos negativos. En primer lugar, resulta obligado que se determine que los productos y materiales derivados de la IA no son objeto de la protección de la propia ley. Además, es necesario precisar que los proveedores requieren autorización expresa y deben cubrir las regalías correspondientes para poder utilizar las obras para entrenamiento, minería de datos y textos, almacenamiento, procesos generativos y autogenerativos. Asimismo, en la ley se deberá explicitar la obligación de los propios proveedores de informar y transparentar los procesos que sus sistemas realicen con las obras.
“Resulta obligado que se determine que los productos y materiales derivados de la IA no son objeto de la protección de la propia ley. Además, es necesario precisar que los proveedores requieren autorización expresa y deben cubrir las regalías correspondientes para poder utilizar las obras para entrenamiento, minería de datos y textos, almacenamiento, procesos generativos y autogenerativos.”
Resulta oportuno recordar que la música es una poderosa industria que ha experimentado transformaciones constantes en la comunicación pública y en los soportes en los que se escucha. Baste mencionar los discos de vinilo, los casetes, el disco compacto, el iPod, el internet, los pódcast y videos digitales, el streaming. Los cambios han sido continuos y siempre se ha logrado respetar el cumplimiento del derecho de autor que se inscribe, no debe olvidarse, en el marco de los derechos humanos.
En diversos países las comunidades artísticas están haciendo frente a los proveedores de IA que ignoran su deber de respetar a la propiedad intelectual. Escritores, guionistas, artistas plásticos, compositores y un sinnúmero de especialistas en las múltiples disciplinas de la creación han levantado la voz para oponerse tanto a las empresas infractoras como a las iniciativas legislativas que resultan insuficientes para proteger de verdad sus justos intereses. En esa ruta, las sociedades de gestión colectiva juegan un papel sustantivo, una de sus misiones más relevantes es la de acompañar a los creadores en sus luchas. No cabe duda que hoy se libra una de las más trascendentales de todos los tiempos.
Las sociedades autorales deben tener la capacidad ejecutiva no sólo para denunciar, sino para armonizar a los distintos sectores que intervienen en la ecuación: los creadores, las empresas y proveedores de IA, las autoridades gubernamentales, los legisladores, las autoridades judiciales. Regular la IA debe ser un trabajo en equipo en el que se tenga claro que la creación de arte y cultura es un bien superior de todas y cada una de las naciones. Resulta indispensable crear un espacio de acuerdos en el que no se minimice el papel central que juegan los creadores, sin ellas y sin ellos no se podría entender la marcha de la humanidad.
“Regular la IA debe ser un trabajo en equipo en el que se tenga claro que la creación de arte y cultura es un bien superior de todas y cada una de las naciones. Resulta indispensable crear un espacio de acuerdos en el que no se minimice el papel central que juegan los creadores, sin ellas y sin ellos no se podría entender la marcha de la humanidad.”
El dinamismo de los sistemas de IA obliga a las sociedades de gestión colectiva a actualizarse, innovar sus estructuras y servicios para estar a la altura de los retos. Nunca como hoy las organizaciones de defensa de los derechos de autor tienen que reformular sus modelos para alcanzar mayor eficiencia en su cometido. Es un acto de justicia proteger los legítimos intereses de las creadoras y los creadores. La historia no se entendería sin su trabajo.








