comedor del Tribunal de Justiça do Rio de Janeiro, operado por el SENAC RJ

Commensality judicial: el valor público del comedor del tribunal de justicia de río de janeiro

A veces, esas ideas que a primera vista parecen sencillas —o incluso ocurrencias— cambian por completo cuando uno descubre que la ciencia lleva décadas explicándolas. A mí me resulta especialmente reveladora esta: cuando la justicia comparte mesa con la ciudadanía, la distancia se acorta. Y lo digo tanto en sentido amplio como en el más literal. Ahí está el ejemplo del comedor del Tribunal de Justiça do Rio de Janeiro, operado por el SENAC RJ, una institución brasileña que forma profesionales en servicios —sobre todo en gastronomía, comercio y turismo— y que trabaja con espacios reales donde los estudiantes practican mientras ofrecen servicios accesibles al público.

En ese comedor, jueces, servidores judiciales y administrativos, abogados, estudiantes, visitantes y cualquier ciudadano que entra al edificio se forman en la misma fila y comen del mismo buffet. Una escena sencilla, sí, pero llena de significado.

Entiendo que para quien no ha tenido la oportunidad de estar ahí, suena como una exageración, pero para quienes hemos estado en ese espacio, y hemos observado con atención, sabemos que algo particular e institucionalmente fuerte ocurre entre bandejas, charolas y mesas compartidas.

La solemnidad se deshincha, los roles se suavizan, las jerarquías pierden valor. Y no, no es romanticismo. No es intuición disfrazada de argumento. Hay evidencia acumulada en psicología social, neurociencia, teoría institucional y estudios del comportamiento que explican por qué un gesto tan habitual puede modificar percepciones profundamente arraigadas.

Lo interesante es que, al menos en Brasil, sucede sin que el tribunal lo haya convertido en teoría.

Entiendo que el “Restaurante-Escola SENAC – TJRJ” es un caso único en Iberoamérica: un comedor público dentro de la sede del Poder Judicial, con precios accesibles, buffet por kilo, operado como escuela de gastronomía y sin zonas restringidas o exclusivas para nadie. No existe una mesa privilegiada ni un espacio reservado para quienes portan toga, ocupan altos cargos administrativos o son abogados de renombre. En la fila se mezcla la vida humana del tribunal. Ahí coinciden el magistrado que acaba de resolver un asunto complejo, el abogado que entra o sale de una audiencia, el estudiante de gastronomía que aprende a preparar alimentos, el ciudadano que busca información de su expediente y el servidor que sale del archivo porque simplemente tiene hambre. Todos atraviesan el mismo ritual: pagan lo mismo, comen lo mismo y se sientan donde haya espacio.

Ese pequeño gesto de igualdad situacional es justamente uno de los factores que la psicología social reconoce como decisivo para generar confianza, reducir prejuicios y, sobre todo, fomentar la cooperación entre grupos que suelen convivir bajo asimetrías muy marcadas. Pettigrew y Tropp (2006), tras analizar más de 500 estudios en un meta-análisis de referencia, demostraron con claridad que el contacto intergrupal en condiciones de igualdad y apertura reduce la distancia social incluso en entornos altamente jerarquizados.

Bajo esa lógica, un tribunal —que por diseño suele transmitir burocracia, distancia, jerarquías y una seriedad casi ritual— logra, en cuestión de minutos, desmontar esa arquitectura rígida. Y no es casual: tiene un respaldo científico sólido en la commensality, el acto de comer juntos. Ese fenómeno aparece en familias, vecindarios, equipos de trabajo y también en instituciones fuertemente jerarquizadas. De hecho, algunos de los hallazgos más interesantes para un contexto judicial provienen justamente de este último ámbito. Kniffin, Wansink, Devine y Sobal (2015) estudiaron a diversos cuerpos de bomberos en Estados Unidos y encontraron un patrón reiterado: los equipos que comen juntos funcionan mejor, generan más confianza interna y cooperan con mayor eficacia. La explicación es poderosa: una comida compartida abre un microespacio horizontal dentro de una estructura vertical.

En mi opinión, es esa misma lógica la que se reproduce, aún sin buscarlo y de manera natural, en el comedor del TJRJ.

McKeown, Williams y Pauker (2012) plantean algo que encaja a la perfección con lo que viví al conocer el comedor del Tribunal de Justiça do Rio de Janeiro: los espacios físicos influyen de manera decisiva en la forma en que interactúan grupos sociales distintos. Cafeterías y comedores funcionan como entornos de “contacto ambiental”, lugares donde la simple coexistencia física —aun sin conversación ni interacción directa— disminuye la percepción de distancia psicológica y emocional.

En ese salón lleno de mesas, acontece un clima terapéutico: el juez deja de ser ese personaje misterioso y lejano para el ciudadano, el abogado litigante deja de ser la contraparte de alguien, el ciudadano deja de sentirse como un número de expediente más, y el servidor judicial deja de ser un instrumento que opera más no decide. Al menos por un momento, todos son personas que comen al lado de otras personas. Y esos intercambios ligeros, cotidianos y repetidos transforman las percepciones institucionales, las humanizan.

Wallace (2021) lo afirma en su estudio sobre confianza en tribunales, igual que el IAALS (2020): la legitimidad judicial se construye tanto en lo cotidiano como en la técnica jurídica. La humanización no erosiona la autoridad; la fortalece.

Desde la mirada de la Justicia Terapéutica, este fenómeno adquiere un significado aún más profundo. Sostenemos que el sistema jurídico no puede limitarse a administrar normas; está más que demostrado que impacta emocionalmente a quienes entran en contacto con él. Por eso la arquitectura importa, los espacios importan, y también importan las condiciones de accesibilidad. Lo que he denominado justicia terapéutica regenerativa parte justamente de esa premisa: cuando un ecosistema institucional está bien diseñado, puede generar por sí solo efectos positivos en el bienestar emocional de las personas y en la salud de las comunidades.

En esa lógica, un comedor público dentro de un tribunal introduce componentes terapéuticos incluso sin proponérselo. Puede atenuar la ansiedad del visitante, propiciar un trato más digno, abrir una puerta de accesibilidad simbólica y desdibujar la idea de que el Poder Judicial es un territorio distante, frío o inalcanzable. Y la evidencia es consistente: cuando las personas perciben a sus autoridades como humanas y próximas, la legitimidad aumenta, la conflictividad se reduce y la confianza procedimental mejora de manera notable.

Entiendo que no existe aún un estudio académico dedicado a analizar el caso del comedor del Tribunal de Justiça do Rio de Janeiro, operado por el SENAC RJ,ni de otro comedor judicial abierto como herramienta de proximidad institucional, pero la de estos estudios no descalifica el fenómeno; simplemente revela un tema pendiente para la investigación, pero que encuentra respaldo ya en tres campos científicos consolidados: la commensality que ha sido ampliamente estudiada (Dunbar, 2017; Jönsson et al., 2021); que comer juntos mejora el desempeño en instituciones jerarquizadas (Kniffin et al., 2015); y que el contacto intergrupal bajo condiciones de igualdad reduce distancia social (Pettigrew y Tropp, 2006; McKeown et al., 2012).

Cuando uno reúne estos vectores, la conclusión aparece con bastante claridad: un comedor judicial abierto puede funcionar como un punto de conexión que reduce la distancia social y refuerza la legitimidad institucional. Lo que ocurre en el TJRJ no es un accidente; es, a mi parecer, la expresión concreta de una teoría institucional que ya está documentada.

Y aun así, conviene detenerse en algo más sencillo: la mesa compartida del Tribunal de Rio no es un capricho gastronómico ni un servicio accesorio para servidores públicos. Es un espacio que merece ser entendido como política institucional. La legitimidad también se construye con gestos pequeños, con prácticas informales que suavizan los protocolos y con una arquitectura que invita a convivir. Hay políticas públicas que absorben presupuestos enormes sin mejorar, ni siquiera un poco, la percepción ciudadana. Un comedor abierto, en cambio, puede lograr en unos minutos lo que otros programas no alcanzan en años.

A final de cuentas, la justicia también sucede ahí: en ese espacio donde las personas se sientan a comer sin estrados ni egos de por medio.


Referencias

Dunbar, R. I. M. (2017). Breaking bread: the functions of social eating. Adaptive Human Behavior and Physiology, 3, 198–211. https://doi.org/10.1007/s40750-017-0061-4

IAALS – Institute for the Advancement of the American Legal System. (2020). Trust and Confidence in the Legal System: Findings from a Public Survey. University of Denver.

Jönsson, H., Michaud, M., & Neuman, N. (2021). On the meaning(s) of commensality: A socio-cultural approach. Food, Culture & Society, 24(1), 154–170.

Kniffin, K. M., Wansink, B., Devine, C. M., & Sobal, J. (2015). Eating Together at the Firehouse: How Workplace Commensality Relates to the Performance of Firefighters. Human Performance, 28(4), 281–306.

McKeown, S., Williams, A., & Pauker, K. (2012). Cross-group friendships and intergroup attitudes: A multi-level perspective. Journal of Social Issues, 68(3), 486–500.

Pettigrew, T. F., & Tropp, L. R. (2006). A meta-analytic test of intergroup contact theory. Journal of Personality and Social Psychology, 90(5), 751–783.

Wallace, K. A. (2021). Everyday Justice: The role of informal interactions in public trust in courts. Journal of Judicial Administration, 31(2), 85–101.

SENAC RJ – Serviço Nacional de Aprendizagem Comercial do Rio de Janeiro. (s.f.). Información institucional disponible en: https://www.rj.senac.br/

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