justicia y jueces

Candidatos en Do mayor

La Máquina del Tiempo

México ha comenzado a tocar una nueva partitura democrática: la elección directa de jueces y magistrados, tanto federales como estatales. Lo que por décadas fue un proceso técnico, discreto, reservado a los pasillos institucionales, se ha transformado en un espectáculo público. Por primera vez, los operadores del sistema de justicia deben presentarse ante el electorado no con sentencias, sino con campañas. Y el resultado, aunque inevitablemente histórico, no deja de ser desconcertante.

“Las redes sociales, saturadas ya de contenido trivial, han sumado ahora una nueva categoría: jueces-candidatos tratando de conquistar likes en lugar de emitir criterios jurídicos.”

La justicia, en teoría, debía mantenerse distante de la política. Desde Montesquieu hasta nuestros días, la separación de poderes ha sido una de las notas esenciales en la partitura republicana. Pero la democracia evoluciona, y con ella, sus mecanismos de legitimación. Si elegimos a los legisladores y al presidente, ¿por qué no también a los jueces? Esa pregunta, poderosa y simple, ha terminado por transformar el paisaje judicial mexicano.

Los argumentos a favor no son menores. Elegir directamente a los jueces significa entregar al pueblo el control sobre una de las instituciones más opacas del Estado. En un país donde el Poder Judicial ha sido acusado de corrupción, nepotismo, clasismo e inaccesibilidad, abrirlo a la ciudadanía puede parecer no solo deseable, sino urgente. Ya no más decisiones entre cúpulas, ya no más magistrados “inamovibles” por décadas. La toga, dicen sus defensores, debe ganarse en las urnas, no entre recomendaciones. Sin embargo, la forma en que ha iniciado este nuevo capítulo deja un sabor amargo.

Jueces y magistrados, tradicionalmente entrenados en la sobriedad, han debido reconvertirse en candidatos. Y eso implica ensayar discursos de campaña, preparar eslóganes, grabar videos, aprender a mirar a cámara y sonreír con seguridad. Como si de repente el perfil ideal para impartir justicia se definiera por la capacidad de viralizarse en TikTok.

Hemos visto reels de juzgadores bailando al ritmo de reguetón, spots con frases que rayan en el absurdo, mensajes emotivos que prometen “sentencias con el corazón” o “juzgar con amor por México”. Las redes sociales, saturadas ya de contenido trivial, han sumado ahora una nueva categoría: jueces-candidatos tratando de conquistar “likes” en lugar de emitir criterios jurídicos.

Sin preverlo, sin anticiparlo, ahora puedo afirmar que esa parte del proyecto me ha resultado, en muchos casos, lamentable –y lo digo desde la autocrítica y la esperanza– observar a muchos profesionales del derecho, con años de carrera y reconocimiento, exponiéndose de formas, a primera impresión, denigrantes. Tal vez por falta de preparación en comunicación política. Tal vez por el desconcierto de haber pasado de la discreción judicial al escaparate público. Tal vez porque nadie los preparó para esto. Y, sin embargo, ahí están. Midiéndose en encuestas, buscando entrevistas, haciendo pactos de campaña, pidiendo votos.

El riesgo es doble. Por un lado, se trivializa la función judicial. Por otro, se abre la puerta a que los juzgadores actúen buscando agradar a la mayoría, y no conforme a Derecho. Porque si analizamos con madures, hay decisiones judicialmente justas que no son populares y hay decisiones necesarias que generan rechazo. La independencia judicial no sólo es un valor institucional: es una garantía para el ciudadano, incluso cuando ese ciudadano no esté de acuerdo con el fallo.

¿Usted prefiere un juez amigo a un juez justo? Cuidado, no sea que resulte más amigo de su contraparte, y ahí habrá un problema serio.  Al final, la medida correcta no debe ser la amistad, sino la justicia de la pretención.

También es cierto que la elección judicial puede abrir la puerta a perfiles frescos, menos elitistas, más cercanos a las realidades sociales. En un país con tantos rezagos de justicia, tal oxigenación podría ser una bendición. Pero no si el costo es convertir a la Judicatura en otro espectáculo de ratings.

Como país no estamos acostumbrados a ver jueces hacer campaña. Nos cuesta trabajo aceptar que alguien que mañana decidirá sobre derechos, libertades o patrimonios, hoy esté compitiendo con slogans y marketing politico. Nos desubica. Nos preocupa. Nos duele.

No se trata de rechazar el modelo por principio. Se trata de hacerlo bien. De construir reglas claras, filtros estrictos, capacitación previa. Sobre todo de exigir que, incluso en campaña, los aspirantes a impartir justicia mantengan el tono, la ética y la profundidad que esa responsabilidad exige.

“No se trata de rechazar el modelo por principio. Se trata de hacerlo bien. De construir reglas claras, filtros estrictos, capacitación previa. Sobre todo de exigir que, incluso en campaña, los aspirantes a impartir justicia mantengan el tono, la ética y la profundidad que esa responsabilidad exige.”

Hoy, México ensaya su primer movimiento en esta nueva sinfonía electoral judicial. Está por verse si la música que de ello resulte será armónica o caótica. Por lo pronto, la orquesta está en marcha, los instrumentos afinándose, y los votantes aprendiendo a distinguir quién, entre todos los aspirantes, merece dirigir el tempo de la justicia nacional.

El reto es lograr que la democracia no desafine con la justicia.  No deje de ir a votar.  Esta primera experiencia dará las bases para perfeccionar el ejercicio, y ahí es donde todas las opiniones deben estar presentes.

Jornada histórica en México que nos dirá qué candidatos llegaron mejor afinados a esta elección nunca antes vista.

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