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Las Falacias del Paradigma Social. ¿Necesaria Transición?

En la Opinión De

El modelo social de discapacidad edificado desde el siglo pasado se presentó como una promesa de inclusión, de respeto y garantía de los derechos de las personas con discapacidad; sin embargo, la realidad nos muestra que no se ha logrado y las personas con discapacidad sufren las consecuencias de un discurso político vacío. Presentamos a continuación, para su reflexión, tres falacias que presenta el modelo paradigmático. Quizá sea hora de una transición.

La construcción del entendimiento de las personas con discapacidad

La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (CDPD) y la CFI de la OMS y el modelo social, presentaron un concepto demasiado acotado de lo que debía comprenderse por persona con discapacidad, tan acotado que olvidaron acudir del todo a la dignidad humana y despojaron del “cuerpo” a tal producto. El resultado hizo a un lado las diferencias presentadas en el cuerpo de la persona con discapacidad centrándose en las situaciones, procesos y resultados que creaban barreras para que la persona pudiese vivir a plenitud. La justificación de tal situación fue que no podía hablarse del cuerpo sin atraer toda la atención en él y caer, nuevamente, en perspectivas tales como las presentadas por el paradigma médico.

Lo que se sacrificó con tal punto de vista fue la concepción adecuada de la dignidad de los seres humanos y es que tal y como menciona Zaffaroni: “persona es un concepto jurídico de óntico […] en este caso el dato óntico, biológico, es el ser humano […] el derecho no crea a la persona”,[1] aunque construye su concepto la base óntica que no puede ignorar es el ser humano, en su plenitud, incluyendo, desde luego, el cuerpo y la diversidad. Empero, el mismo autor reconoce que “el mandato supremo –todo ser humano es persona– es un deber ser que está lejos de ser, pues en la realidad social y en el actual marco de poder mundial y regional, no todo ser humano es tratado como persona, como lo prueba la distribución del poder y de la riqueza en el mundo”.[2]

Esta situación se recrudece para las personas con discapacidad ante una sociedad capacitista como la mexicana, cuyas consideraciones hacia este grupo vulnerado son de asimilación y exclusión y cuyas políticas públicas, normativas jurídicas, sociales y económicas nos permiten percatarnos que el “deber ser” que ha buscado la inclusión es un ser que no es ni será (al menos no por ahora). En palabras de Zaffaroni: “Es obvio que si algo debe ser, es porque se sabe que no es o puede no ser como debe ser […] el ser debe poder llegar a ser como lo manda el deber ser, porque un deber ser imposible no es derecho, sino un disparate”.[3] La realidad a la que nos enfrentamos las personas con discapacidad se nos presenta, precisamente, como un disparate: la Constitución, los tratados internacionales, las leyes federales, las legislaciones locales pugnan por la inclusión, frente a esto la sociedad es capacitista, el Estado es asistencialista y las personas con discapacidad no logramos salir de la periferia: ¿no es acaso un disparate?

A los grupos vulnerados, entre ellos las personas con discapacidad, se nos ha erigido desde tiempos inmemoriales como una alteridad, una diversidad no reconocida (solo, en ocasiones, asimilada), se nos ha satanizado (en hebreo significa enemigo). Lo cierto es que, como lo expone Zaffaroni, este proceder niega al ser humano,[4] y ese “otro” es una no persona[5] puesto que el Derecho reconoce a todos y todas, empero la realidad no. Por eso “la máscara de enemigo que oculta al ser humano y le inventa una subjetividad irreal, está siempre construida con argamasa de debilidad subjetiva y odio, y es común a todas las discriminaciones y semilla de todos los genocidios”.[6]

“La máscara de enemigo que oculta al ser humano y le inventa una subjetividad irreal, está siempre construida con argamasa de debilidad subjetiva y odio, y es común a todas las discriminaciones y semilla de todos los genocidios.”

Las circunstancias presentadas no son exclusivas de la modernidad ni de la posmodernidad, desde la antigüedad encontramos al homo sacer, una figura sacra, una concepción de la nuda vida; aunque desde ahora debe quedarnos claro y no olvidar que cualquier cultura posmoderna tiene en su seno una nueva ola de dominación y control social, en este sentido y como en toda la historia de las clases sociales “el trasfondo de la cultura lo constituyen la sangre, la tortura, la muerte y el horror”.[7]

Desde luego hay que considerar que existen paradojas irresolubles de la modernidad como proyecto histórico que aún no hemos logrado superar: “en primer lugar, la apreciación de un mundo homogéneo que apunta hacia una única forma de civilización, lo cual imposibilita ‘concebir –y sobre todo aceptar–, indica Farfán, el derecho a la diferencia, a la alteridad, a la diversidad de sentidos. En segundo lugar, la profesionalización de la cultura y el conocimiento, que ha conducido a la formación de nuevas y excluyentes élites basadas en el saber y la competencia técnica y, finalmente, que ningún sistema político que se califique de democrático puede mantenerse y reproducirse sin que presuponga, a la vez que los ‘beneficios’, las contradicciones de la modernidad”.[8] Existe, entonces, una grave problemática puesto que la diversidad humana se presenta como una disidencia, una que “inclusive pudo haber sido capaz de olvidar las razones de su alteridad, sobre aquello que lo designa y lo sujeta a nuestro tiempo”.[9]

Continúa siendo cierto lo que ha señalado Bauman, respecto a que la modernidad trae consigo un horizonte de sentido que no describe la verdad de todos sino una única verdad impuesta, que presenta no un orden, sino el único orden racional, sobre la cual se construye el mito de Occidente, una construcción hegemónica de una aldea global, y en esta aldea global las personas con discapacidad no gozamos de mejores condiciones de vida,[10] y las posibilidades de un dominio global incrementarán los problemas humanos de desigualdad creciente y muchos otros.[11] Pareciese que el Angelus Novus que presentó Walter Benjamin en su novena tesis de filosofía se encuentra más latente que nunca. Todo lo anterior nos lleva a una falacia más del paradigma social: el pacto sobre el cual se edifica.

El pacto social

El pacto surgido a través de teorías como las de Hobbes o Rousseau ha servido como un dispositivo de control social, recordemos que Agamben reconoce que los dispositivos existen desde que el homo sapiens apareció y que no hay un solo instante en la vida de los individuos que no sea modelado, contaminado o controlado por un dispositivo.[12] Así, el pacto social se ha configurado como uno de los tantos dispositivos que ha controlado el devenir social de nuestro ahora.

Diversos autores, desde su ámbito, se han percatado que es momento de una transición a un modelo de pacto más inclusivo, no invasivo, excluyente, asimilatorio ni mucho menos de exterminio. Al respecto, Tenorio Tagle expone que “en el contrato social hay desiguales y mientras los haya seguirán las políticas de exclusión (comunidad-inmunidad), los inmunes serán aquellas castas superiores, exentas de la aplicación del orden del cual son promotores”.[13] Las partes débiles del pacto convendrían su sobrevivencia a cambio de la condena de su identidad.[14]

Al igual que Tenorio Tagle, Nussbaum y Sen han expuesto que el pacto social es discriminatorio y excluye desde el inicio a aquellos seres que se consideraban no racionales o, en palabras de Zaffaroni, no personas.

La convergencia de los puntos de vista de los autores enunciados no puede ser ignorada puesto que ha habido intentos de adoptar un pacto inclusivo y diverso al que se tiene en la actualidad.

Rawls escribió al respecto, aunque en el escenario planteado se vuelve a la racionalidad kantiana y las personas con discapacidad quedan fuera del primer plano, ingresando púnicamente cuando el mismo ya ha sido forjado y adoptado (figura de exclusión).

Retomando lo expuesto, el pacto en el que se ha construido el paradigma social, al ser de exclusión, produce que las buenas intenciones del modelo se queden únicamente en eso, solo buenas intenciones, solo en un deber ser inalcanzable.

Por lo anterior, como señala Tenorio, la posibilidad más adecuada para la inclusión es aquella que apunte a la constitución de un nuevo proyecto, un nuevo pacto.[15] La apuesta es formular una posible ductilidad en la que converjan identidades afines, divergentes y aún contradictorias, como en los pactos precedentes que configuraron a los estados nacionales, pero que, minando las voluntades de cualquier etnocentrismo se conjure el sentimiento de Nepantla.[16] El punto crucial de todo esto es la dignidad humana, dignidad que conjuraría toda política de exclusión.[17] Lo dicho nos aproxima a la falacia final del paradigma social: el entendimiento de la dignidad.

Dignidad

Si para lograr la inclusión es menester reivindicar la dignidad, es de reflexionar ¿cómo hemos comprendido a la dignidad que no hemos logrado la tan anhelada inclusión?, ¿cómo hemos edificado a esa dignidad en el modelo social de discapacidad?, ¿la hemos dejado vivir y latir a través de meros espejismos y tokenismos?

La respuesta ante el último cuestionamiento no parece ser del todo afirmativa. Dado que la dignidad es un constructo social y la sociedad (moderna y posmoderna) es capacitista y completamente desconectada de la conciencia humana, más ligada a un mercantilismo de objetos y personas; el resultado de tal dignidad fue una de tipo homogéneo, desconectada de la diversidad, de la condición humana. La desconexión de la conciencia implicaría, en la perspectiva de Tenorio Tagle y la nuestra, la creación del mundo insensato, el mundo sin sentido, esto es, una racionalidad extraviada.[18]

Reivindicar y reedificar el sentido de una tal dignidad afirmaría la diversidad de identidades y sería “la única posibilidad de proyectar un derecho dúctil”,[19] un pacto social adecuado y un futuro nuevo paradigma de discapacidad con nuevas bases filosóficas, epistemológicas, políticas, estéticas y sociales. Un nuevo camino que nos corresponde trazar para que el deber ser deje de presentarse en utopía.

“Dado que la dignidad es un constructo social y la sociedad (moderna y posmoderna) es capacitista y completamente desconectada de la conciencia humana, más ligada a un mercantilismo de objetos y personas; el resultado de tal dignidad fue una de tipo homogéneo, desconectada de la diversidad, de la condición humana.”


[1] Raúl Zaffaroni. Derecho penal humano, p. 60.

[2] Ibid, p. 63.

[3] Ibid, p. 64.

[4] Ibid, p. 68.

[5] Término utilizado por Zaffaroni.

[6] Ibid, p. 69.

[7] Frederic Jameson. El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado. México, Paidós, 1995, p. 19.

[8] Fernando Tenorio Tagle. Ideas contemporáneas en torno al uso de drogas y sus consecuencias en materia legislativa. México, Inacipe, 1989, pp. 37-38.

[9] Ibid, p. 39.

[10] Fernando Tenorio Tagle. “Hacia posibles nuevas formas de observar la cuestión criminal”. Revista Anthropos, huellas del conocimiento, núm. 204, pp. 97-113.

[11] Fernando Tenorio Tagle. “Comunidad-Inmunidad. Entre los fines manifiestos de las políticas de la seguridad frente al delito y la lógica del sistema”. Revista Alegatos, núm. 100, pp. 553-582.

[12] Giorgio Agamben. “¿Qué es un dispositivo?”. Revista Sociológica, año 26, núm. 73, mayo-agosto 2011, pp. 249-264.

[13] Fernando Tenorio Tagle. Ciudades seguras I. Cultura, sistema penal y criminalidad. México, UAM-Conacyt / FCE, 2007, p. 271.

[14] Ibid, p. 273.

[15] Ibid, p. 271.

[16] Ibid, p. 275.

[17] Ibid, p. 276.

[18] Fernando Tenorio Tagle. “Una aproximación de la estética para la comprensión de la historia del control social”, CIJUREP, Revista de Garantismo y Derechos Humanos, año 5, núm. 10, julio-diciembre de 2021, pp. 1-19.

[19] Fernando Tenorio Tagle. Ciudades Seguras. p. 308.

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