En 1951, cuando las computadoras eran rarísimas máquinas que ocupaban habitaciones completas y nadie imaginaba Internet, el escritor de ciencia ficción nacido en Rusia, pero crecido en Nueva York, Isaac Asimov, escribió a los 31 años un pequeño cuento titulado “The Fun They Had” (Cómo se divertían). Allí describió un mundo donde los niños ya no usaban cuadernos, ni pizarrones, ni maestros de carne y hueso. Aprendían frente a una pantalla, desde casa, guiados por una máquina capaz de enseñarles de manera personalizada.
Setenta y cinco años después, aquella ficción dejó de parecerlo para convertirse parcialmente en realidad. Hoy esa lectura volvió a mi memoria, al enterarme del examen de admision de la UNAM.
La Universidad de más prestigio en el país, no se enfrentó únicamente a un examen en línea; enfrentó también el futuro que Asimov previó el siglo pasado.
La Universidad Nacional Autónoma de México enfrentó uno de los desafíos más complejos de su historia reciente al realizar por primera vez su examen de ingreso completamente en línea. La decisión representaba un paso lógico hacia la modernización tecnológica. Millones de trámites ya ocurren por medios digitales; el trabajo remoto dejó de ser excepcional; la inteligencia artificial transformó la forma de estudiar, investigar y producir conocimiento. Parecía natural que también evolucionaran los mecanismos de evaluación.
Sin embargo, la tecnología suele recordarnos una lección incómoda: cada solución crea un problema nuevo.
Tras la aplicación del examen, la UNAM detectó una concentración estadísticamente atípica de aspirantes con resultados extraordinariamente altos. No bastaba decir que muchos jóvenes habían obtenido excelentes calificaciones. Lo que llamó la atención fue el comportamiento anormal de los datos. Las probabilidades matemáticas, los patrones de respuesta y otros indicadores llevaron a la institución a integrar una comisión de especialistas para revisar el proceso. Finalmente, la decisión fue repetir de manera presencial el examen únicamente a un grupo de aspirantes cuyos resultados requerían verificación adicional.
La determinación generó opiniones encontradas.
Para algunos, la Universidad actuó correctamente al proteger la credibilidad de uno de los procesos de admisión más importantes de la nación. Para otros, la medida significó colocar bajo sospecha a jóvenes que quizá únicamente habían obtenido un desempeño sobresaliente gracias a meses de esfuerzo.
Si una prueba académica puede resolverse mediante IA, el fallo no es solo de la herramienta, sino del diseño del examen; el desafío no radica en memorizar datos, sino en evaluar el pensamiento crítico y el razonamiento ético del estudiante
Y ambas posturas tienen argumentos respetables. Pero aquí conviene detenernos un momento: la verdadera discusión no consiste en saber si algunos estudiantes utilizaron inteligencia artificial, asistentes digitales, terceros o cualquier otra herramienta durante el examen. Tampoco radica únicamente en determinar si la UNAM acertó al ordenar una segunda evaluación presencial.
La pregunta más profunda es otra:
¿Puede una institución educativa seguir evaluando en el siglo XXI con modelos diseñados para el siglo XX?
Bob Dylan escribió hace más de medio siglo una canción que terminó convirtiéndose en un manifiesto generacional: The Times They Are A-Changin’. Los tiempos están cambiando. Nunca esa frase había resultado tan vigente para las universidades.
Durante décadas, el conocimiento era escaso. Hoy sucede exactamente lo contrario: el conocimiento sobra. Lo verdaderamente escaso es la capacidad para distinguir información confiable, analizarla críticamente, utilizarla con ética y transformarla en soluciones.
Quizá ahí comenzó el verdadero problema.
La inteligencia artificial no copia como copiaba un estudiante hace veinte años. No necesita esconder acordeones, mirar el examen del compañero ni memorizar cientos de datos. Hoy basta formular correctamente una pregunta para obtener respuestas elaboradas en segundos.
La educación cambió antes que los sistemas de evaluación. Las universidades apenas empiezan a descubrirlo. Desde una perspectiva institucional, la UNAM tenía varias rutas posibles.
Las universidades tendrán que rediseñar sus métodos de evaluación, el desafío radica en evaluar el pensamiento crítico, el razonamiento de los estudiantes
La primera consistía en validar todos los resultados y asumir que cualquier anomalía formaba parte del riesgo tecnológico. Probablemente habría evitado la inconformidad inmediata, pero también habría debilitado la confianza en el proceso de admisión. La segunda opción era cancelar completamente el examen y comenzar desde cero. Habría transmitido un mensaje de firmeza, aunque castigando por igual a quienes actuaron correctamente y a quienes eventualmente no lo hicieron. La tercera alternativa —la finalmente adoptada— buscó un punto intermedio: utilizar herramientas estadísticas para identificar casos atípicos y verificar únicamente aquellos que requerían una comprobación presencial.
No parece una decisión sencilla. Pero quizá el verdadero aprendizaje se encuentra más adelante. Las universidades tendrán que rediseñar completamente sus modelos de evaluación. No bastará instalar cámaras web o programas que vigilen los movimientos del cursor. Tampoco será suficiente exigir que el estudiante permanezca solo frente a una computadora. La inteligencia artificial seguirá evolucionando mucho más rápido que cualquier software de supervisión. Tal vez el camino sea otro.
Autenticación biométrica para verificar identidad. Bancos dinámicos de reactivos donde ningún examen sea igual al anterior. Evaluaciones adaptativas que cambien conforme responde el alumno. Entrevistas orales aleatorias. Resolución de casos reales. Defensas académicas semejantes a las utilizadas en los estudios de posgrado. En otras palabras, evaluar menos la memoria y mucho más el razonamiento.
Conviene reconocer una realidad incómoda: si un examen puede resolverse íntegramente con inteligencia artificial, quizá el problema no sea únicamente la inteligencia artificial. Quizá también sea el examen.
La decisión de la UNAM seguramente será estudiada durante años por otras universidades mexicanas y extranjeras. Lo ocurrido deja de ser un problema exclusivo de una institución. Se convierte en un laboratorio para todo el sistema educativo. Porque la verdadera revolución ya no consiste en enseñar a utilizar inteligencia artificial. Consiste en aprender a convivir con ella sin renunciar a los principios de honestidad académica. ¿estamos presenciando el inicio del fin del examen tradicional o la vuelta al examen presencial?
La revolución no es enseñar a usar la IA, es convivir con ella sin renunciar a los principios de ética y honestidad académica
Así como la calculadora modificó la enseñanza de las matemáticas y el internet transformó las bibliotecas, la inteligencia artificial obligará a redefinir qué significa realmente aprender. Las universidades que comprendan primero ese cambio llevarán ventaja. Las que intenten detenerlo probablemente terminarán persiguiendo un tren que ya abandonó la estación. La historia demuestra que la tecnología nunca espera a las instituciones. Las obliga a cambiar. Y cuando éstas se resisten, generalmente es la realidad quien termina imponiendo el nuevo orden.
Por eso el caso de la UNAM merece algo más que titulares o discusiones pasajeras en redes sociales. Nos obliga a reflexionar sobre el futuro de la educación, sobre el concepto mismo de mérito académico y sobre la enorme responsabilidad que tienen las universidades de preservar la confianza pública sin frenar la innovación.
Entonces, al final de la historia, este examen en realidad no fue solamente para los alumnos, sino también para la Universidad misma, que en el primer intento, reprobó el ejercicio para posteriormente recomponer el camino. ¿Se logrará evitar esto en la proxima evaluación?






