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La juventud toma la palabra y el futuro sale a la calle

La Máquina del Tiempo

Europa vive un intenso otoño de protestas juveniles. En Francia, desde el 18 de septiembre, estudiantes de liceos salieron a las calles para exigir mejores condiciones en sus escuelas: edificios dignos, más docentes y recursos suficientes. La movilización se extendió a numerosas ciudades y, en algunos puntos, derivó en enfrentamientos y detenciones. En Italia, los estudiantes marcharon en Roma, Milán, Turín y Bolonia, y la principal central sindical, la CGIL, convocó a decenas de miles de personas. España, Portugal, Grecia, Bélgica y Albania registran expresiones semejantes. 

El origen es claro: estudiantes que reclaman una educación digna. A ese reclamo se han sumado sindicatos con quejas propias: salarios, costo de vida, vivienda, pensiones y servicios públicos. Lo que comenzó en las aulas se convirtió en un malestar compartido. 

Un teléfono encendido y una plaza llena parecen pertenecer a mundos distintos. En la pantalla, todo ocurre deprisa: una denuncia, un video, una convocatoria. En la plaza, el cuerpo cuenta: caminar, resistir, mirar de frente a la autoridad. Entre ambos espacios se escribe una parte de la historia de este siglo. Jóvenes a quienes se suponía distraídos por las redes las utilizan para recordarle al poder que la inconformidad también sabe organizarse. 

Sam Cooke lo anunció en A Change Is Gonna Come. Su canción nació de la frustración de quien espera un cambio que nunca termina de llegar. Escucharla hoy obliga a preguntarnos si los gobiernos conocen a sus jóvenes o simplemente esperan que obedezcan. 

Desde Nairobi hasta Katmandú, pasando por Rabat, Lima y Manila, distintas movilizaciones han colocado el malestar juvenil en el centro de la conversación pública. Sus causas y alcances difieren. Comparten, sin embargo, una experiencia: instituciones que parecen escuchar mejor a quienes ya tienen poder que a quienes apenas intentan construir una vida. El informe 2026 de CIVICUS identifica entre sus motores la falta de oportunidades, las dificultades económicas y la corrupción. 

Conviene evitar simplificaciones: no existe una juventud mundial que piense igual. Pero sería equivocado reducir estas expresiones a una moda digital. Cuando el descontento encuentra tantos escenarios, vale la pena examinar las condiciones que lo alimentan. 

La primera es la distancia entre la promesa y la experiencia. Se les dijo que estudiar abriría puertas, que trabajar permitiría independizarse y que participar tendría consecuencias. Para muchos, esas puertas conducen a empleos inciertos, rentas impagables y decisiones públicas tomadas sin ellos. El problema no es solamente tener menos: es sospechar que el esfuerzo ha dejado de ofrecer un camino razonable. 

La ola de manifestaciones en Europa y el mundo evidencia una juventud movilizada frente a instituciones distantes, desempleo precarizado, vivienda inasequible y un costo de vida que rompe la promesa del esfuerzo 

Molotov dio a esa sensación una forma musical en Gimme tha Power. La canción denuncia un sistema que reparte privilegios entre unos cuantos mientras exige paciencia a todos los demás. Su fuerza está en señalar una herida abierta: una sociedad pierde legitimidad cuando educa para la esperanza y después administra la exclusión. 

La corrupción añade una humillación particular. En Nepal, la prohibición de redes sociales detonó un descontento más profundo. En Madagascar pesaron los cortes de agua y electricidad. En Marruecos, las demandas por salud y educación exhibieron el contraste con las inversiones deportivas. La chispa cambia; detrás aparecen servicios deficientes y autoridades distantes. 

Las plataformas facilitan que esas experiencias se reconozcan entre sí. Una denuncia local encuentra audiencia internacional. Pero la velocidad tiene costos: la indignación puede difundirse antes que la información verificada, y reunir personas resulta más sencillo que acordar quién las representa. 

Egipto ofrece una advertencia. En 2011, la plaza Tahrir reunió a jóvenes y sectores diversos contra el autoritarismo; tras dieciocho días, Hosni Mubarak dejó el poder. Pero su salida no aseguró la democracia: a la elección de Mohamed Morsi siguió su derrocamiento militar en 2013. Abrir una posibilidad histórica no equivale a construir las garantías para conservarla. 

México conoce otra dimensión de esta historia. En 1968, el movimiento estudiantil formuló demandas concretas: libertad de presos políticos, desaparición del cuerpo de granaderos y derogación del delito de disolución social. El Consejo Nacional de Huelga articuló una representación nacida de las escuelas. El 2 de octubre, en Tlatelolco, la respuesta fue una matanza. Esa memoria obliga a desconfiar de quien presente a los estudiantes como enemigos. 

El derecho de vivir en paz, de Víctor Jara, acompaña esa memoria. Su reclamo conserva sentido porque la juventud incomoda cuando pregunta por aquello que los adultos aprendieron a aceptar. Una universidad cumple su misión cuando forma personas capaces de examinar las reglas de la sociedad que las educa. 

Esa deuda tuvo recientemente un rostro conmovedor. El 18 de octubre, en el Festival Internacional de Cine de Morelia, Guillermo del Toro rompió en llanto al hablar de los jóvenes. Reconoció que las generaciones que precedieron a la actual, al menos las dos anteriores, le dejan un mundo caótico, en ruinas moral, social y espiritualmente. “Me duele muchísimo ver que una, dos o tres generaciones le fallaron completamente a esta generación”, dijo. Ese mismo día había cedido el micrófono a jóvenes de Guadalajara que protestaron por el agua y fueron reprimidos. Propuso pedirles perdón. 

El Estado y el marco legal deben proteger la libre manifestación e ir más allá del perdón generacional: se requiere abrir canales de participación sustanciales que transformen las demandas en políticas públicas 

Las diferencias entre París, Roma, México 68 y Egipto importan. Cambian regímenes, medios y demandas. La semejanza está en una tensión persistente: ciudadanos que reclaman reconocimiento frente a autoridades que deciden si escuchan, negocian o reprimen. 

Para el Derecho, la tarea empieza por proteger la protesta pacífica y exigir responsabilidades individualizadas cuando se cometan delitos. Continúa con algo más difícil: abrir cauces de participación que produzcan resultados. Escuchar supone permitir que los jóvenes intervengan en asuntos que determinarán su vida. 

Pablo Milanés, en Yo pisaré las calles nuevamente, convirtió la esperanza en promesa de regreso. Esa promesa debería inquietar a quienes gobiernan. Los jóvenes que ocupan una plaza preguntan por empleo, educación, libertad, dignidad y futuro. La respuesta institucional se medirá por lo que cambie después de que regresen a casa. 

El teléfono volverá a iluminarse y otra convocatoria encontrará su camino. Ojalá, para entonces, las instituciones hayan aprendido a escuchar antes de que la plaza deba llenarse nuevamente. 

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