¿Qué nos convierte en un monstruo? Tal vez Mary Shelley se planteó esta pregunta cuando escribió Frankenstein en 1818 en una noche de tormenta, desafiando los límites de su época, de la ciencia y de su propio cuerpo como mujer. Shelley utilizó un ser imaginario, construido con retazos de otros para hacer una profunda crítica social sobre la irresponsabilidad masculina, el abandono, el poder sin ética y la violencia que nace cuando quienes tienen privilegio crean, pero no cuidan. Criticó la ciencia sin conciencia, los proyectos que nacen sin asumir consecuencias, la desigualdad que convierte a ciertos cuerpos en desechables.
Ahora, la obra de Guillermo del Toro retoma esa premisa y lo lleva al cine. El director es famoso por crear criaturas y se siente cómodo donde habitan quienes no encajan en la norma; las criaturas que imagina no son antagonistas, sino sobrevivientes de un sistema que nunca les quiso. En su mirada, lo monstruoso no está en la forma del cuerpo, sino en la violencia de un mundo que rechaza, margina y abandona.
Por eso mismo, en el “Manifiesto de los cuidados” se plantea una sociedad basada en los cuidados en donde se fomenta al cuidado como una práctica, un valor fundamental y un principio organizativo que puede y debe crear una nueva política, y que a medida de que como seres sociales cuidamos a los otros tenemos el poder de cambiar las prácticas y las instituciones, porque justamente el cuidarnos nos hace colectivos.
Victor Frankenstein no se planteó las necesidades de su criatura, solo respondía a su necesidad de trascendencia, poder y dominio, valores que son asociados al capitalismo y al sistema patriarcal de posesión. No buscaba acompañar una vida, lo que en realidad buscaba era demostrar que podía crearla. No pensó en vínculos. Su motivación nunca fue el cuidado, sino el control: fabricar un ser que validara su genio, que confirmara su capacidad de desafiar a la naturaleza, que lo colocara por encima de cualquier límite ético. Es, simbólicamente, el hombre del capitalismo: produce, acumula, “innova”… pero no cuida.
Aun así, no creo que Victor Frankenstein sea el antagonista de la historia. Él también tuvo que enfrentarse a métodos de crianza sin cuidados, a una educación marcada por la exigencia, la distancia emocional y el modelo masculino de la época, incluso el actual, que obliga a los hombres, especialmente a los hetero cis a ser el modelo de hombres masculinos, brillantes, impenetrables, autosuficientes y sin mostrar emociones.
La formación —sin ternura, sin escucha, sin acompañamiento emocional— es la que lleva al creador a repetir el mismo patrón de abandono que lo formó. No sabe cuidar porque nunca fue cuidado, ese mismo modelo se repite en la sociedad actual, nadie te cuida si no le sirves a la otra persona.
Y aquí la genialidad de Shelley que lo anticipó: lo que vuelve monstruosa a la criatura no es su origen, es su soledad y los no cuidados. No es su forma, es el rechazo. No es su fuerza, es la ausencia de vínculo. Es el mismo mundo —nuestro mundo— que sigue exigiendo perfección mientras deja a millones sin redes, sin apoyo, sin protección, sin ternura.
No solo se trata de exigir instituciones y presupuesto para un sistema de cuidados que reconozca, redistribuya y reduzca el trabajo de cuidados de una sociedad que desatiende a quienes la sostienen —niñas, mujeres, cuidadoras, enfermos, personas mayores— si no también de asumir una conciencia personal y política de romper con un sistema de consumo de cosas y de cuerpos que produce monstruos en el sentido político del término: excluidos, precarizados, deshumanizados. Si no cuidamos de nosotros y de nuestro entorno inmediato, nos hacemos y hacemos monstruos.








