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Cuando la corrupción es parte de la cultura de una Institución

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La corrupción comienza con lo que hacemos, cuando nadie nos ve.

En muchos foros, y en diferentes momentos se habla de la corrupción, como un flagelo que incluso devora naciones completas. Cuando hablamos de corrupción, nos referimos a ese fenómeno socio-económico, a través del cual los fondos que deben ir a servicios gubernamentales como Educación, Salud o Infraestructura, terminan en las bolsas de los muchos que carecen de ética.

Comencemos por citar algunas definiciones de corrupción: “Corrupción pública es el uso indebido de un cargo público para beneficio propio.” (Eight Questions about Corruption, Jakob Svensson, Investigador Sueco pionero en trabajos de corrupción)

Svensson también menciona que lo anterior por supuesto, suele implicar la falta de aplicación de las normas legales. La corrupción definida de esta manera abarcaría, por ejemplo, la venta de bienes públicos por parte de funcionarios gubernamentales, las comisiones ilegales en la contratación pública, el soborno y la malversación de fondos públicos.

La corrupción como parte de la agenda internacional

El 85% de la población mundial viven en países con un índice de Percepción de Corrupción malo (inferior a 50)

En 2024, 47 países obtuvieron su puntuación más baja, entre ellos México (26) comparado con Alemania (75), Suiza (81) y Dinamarca (91)

Fuente: Índice de Percepción de la Corrupción 2024.

El combate contra la corrupción es un tema aun reciente en la agenda internacional, fue hacia finales de los 80s, cuando el auge del comercio internacional, las transferencias electrónicas, la “globalización” y la expansión de las organizaciones delictivas comenzaron a transformar la dinámica mundial, en ese momento las naciones empezaron a mostrar una preocupación real por este fenómeno.

1.Entorno Organizacional que normaliza la corrupción

Recuerdo cómo en los inicios de mi carrera profesional, crecí laboralmente en una institución en la que el líder mantenía una relación extramarital con su asistente, el Director de Operaciones hacía algo similar con la Gerente de Procesos y la historia continuaba hasta los niveles más operativos. En ese momento, la historia de promiscuidad de la Alta Dirección era un “secreto a voces” que no podía ser incluido en el discurso de fin de año y mucho menos en el currículum de la empresa, aunque el llamado “radio pasillo”, lo mencionaba como algo normal, entendible e incluso en ciertos casos hasta necesario para generar una empatía con el resto de los líderes. La cultura Institucional normalizaba la promiscuidad.

Ahora imaginemos que dentro de las costumbres, prácticas y creencias de una Institución se encuentra arraigada la corrupción como un elemento normalizado, incluso dentro de la Institución se considera normal y común hacer o recibir un pago indebido a un servidor público para que se otorgue un beneficio o preferencia en un proceso de licitación, o bien para facilitar la tramitología. En ese momento la corrupción ya es parte de la cultura institucional porque ya es parte de los hábitos y comportamientos normalizados.

La corrupción crece cuando las conductas indebidas se vuelven parte de la rutina institucional.

2. La Cultura comienza desde la etapa formativa

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Los principios se forman en casa y se refuerzan en la educación básica.

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En una ocasión aprovechando el fin de semana fuimos a comer en familia a un restaurante; mientras esperábamos que nos asignaran mesa, la hija más pequeña encontró en la zona de juegos una cartera de dama con una onerosa cantidad de dinero en efectivo, por consenso familiar decidimos devolver el dinero y buscar a la propietaria través de las identificaciones y credenciales que por suerte estaban ahí, y así fue; cuando logramos devolver el dinero la propietaria ofreció una gratificación económica, aunque acordamos que lo más importante era el mensaje de agradecimiento para mi pequeña.

La reflexión es: con una parte del dinero la pequeña hubiera disfrutado una bicicleta por unos cuantos años, sin embargo, elegimos darle una semilla de valores esperando que germine para que la acompañe toda su vida. 

3.¿Cómo los medios de comunicación normalizan la corrupción?… convirtiéndola en comedia.

En muchos países, especialmente en América Latina, la corrupción dejó de ser un delito grave para convertirse en un personaje de televisión. El político corrupto es el “listo”, el burócrata que pide “mordida” es el “gracioso”, y el funcionario que se enriquece es el “vivo”. La sociedad termina riéndose de aquello que debería indignarla.

Los medios logran tres efectos peligrosos:

1. Del indignante al entretenido: Lo que antes provocaba enojo, ahora genera rating.

2. El corrupto se vuelve personaje entrañable: En películas, series y telenovelas, el personaje que hace trampa suele ser simpático, ingenioso e incluso… el héroe. Me atrevo a señalar que la corrupción es parte del ingenio latino, porque se glorifica la picardía.

El tercer elemento me parece el más peligroso:

3. La burla anestesia la conciencia: El humor es un arma cultural. Cuando algo se vuelve chiste, se repite sin resistencia, se acepta sin culpa, se normaliza sin debate.

Reírnos de la corrupción es el primer paso para tolerarla. El problema no es el chiste, el problema es que dejamos de sentir que está mal. Mientras la corrupción sea comedia, jamás será justicia, por el contrario, genera Cinismo Social.

Como desarrollar la Cultura Ética y Anticorrupción

Como comentamos anteriormente, existen al menos tres elementos que influyen en la formación de una cultura permisiva hacia la corrupción:

  1. El entorno organizacional que ya ha normalizado ciertas prácticas,
  2. La formación inicial en el hogar, y
  3. La influencia de los medios de comunicación.

Después de abordar estos tres factores, es momento de enfocarnos en el siguiente paso:  ¿qué puede hacer una institución que se enfrenta a una cultura interna propensa a la corrupción?.

No se trata de lo que las familias o los medios pueden cambiar, sino de las acciones concretas que una Organización puede implementar para revertir esa tendencia interna y fomentar un ambiente de integridad. A partir de aquí, exploraremos medidas y estrategias que las instituciones pueden adoptar para transformar su cultura organizacional y alejarse de la sombra de la corrupción, creando un entorno más ético y transparente.

1.- Prevenir más que detectar

Una acción efectiva para construir una cultura organizacional libre de corrupción es comenzar desde la raíz: la selección de nuevos colaboradores. Es fundamental diseñar un proceso de contratación que no solo evalúe las habilidades técnicas, sino también los valores éticos de los candidatos.

Aquí es donde entra en juego la Debida Diligencia (Due Diligence). ISO 37001:2016, como el compendio de las mejores prácticas mundiales para la implementación de Sistemas de Gestión Antisoborno, define la Debida Diligencia como el proceso para evaluar con mayor detalle la naturaleza y alcance del riesgo, lo que implica observar con mayor detalle el perfil y el historial del potencial colaborador, asegurándonos de que sus antecedentes reflejen una conducta alineada con la ética que la organización promueve. De esta manera, el proceso de contratación se convierte en una primera línea de defensa preventiva.

Una de mis recomendaciones favoritas es: El compromiso visible y la “Orden Silenciosa” de la Alta Dirección es esencial para consolidar una identidad organizacional ética. Los Funcionarios no moldean la cultura únicamente a través de discursos, políticas o comunicados, sino mediante lo que podríamos llamar la “orden silenciosa”: el ejemplo constante en el actuar diario. Esto implica participar activamente en tareas preventivas, asumir un rol protagónico en entrenamientos sobre ética y valores, ser la primera en firmar acuerdos de cumplimiento y mantener el tema vivo en mensajes institucionales, ya sea en un foro con colaboradores, un evento de cierre de año o durante la bienvenida a proveedores y/o clientes.

La cultura organizacional no se transforma con una campaña, un curso o un memorándum inspirador. La cultura se parece más a una estalactita que se forma gota a gota, de manera lenta, silenciosa y casi imperceptible… pero constante. Una estalactita puede tardar cientos o miles de años en crecer un solo centímetro y aun así, con paciencia, disciplina y tiempo termina convirtiéndose en una estructura sólida, firme y prácticamente indestructible, así es el proceso de transformación cultural requiere repetición, coherencia y permanencia.

2.- El reto de la detección oportuna

Las acciones proactivas son esenciales, pero también es indispensable contar con mecanismos que permitan identificar y detectar a tiempo posibles casos de corrupción. Estas acciones fortalecen la capacidad de transparentar irregularidades y actuar con prontitud.

Hablando de las herramientas para detección tenemos las líneas de ética y los buzones de denuncia que permiten a los colaboradores reportar, de forma confidencial y segura, cualquier actividad sospechosa. Pero su efectividad depende de algo fundamental: la respuesta. Si un reporte no recibe seguimiento, si el denunciante no es protegido o si el caso se diluye en el tiempo, la credibilidad se pierde. Cuando un colaborador denuncia de buena fe y “no pasa nada”, el mensaje cultural es devastador: se desalienta la participación y se neutraliza el sistema de detección.

Por ello, cada denuncia debe gestionarse con profesionalismo, confidencialidad y respeto. Debe existir un proceso claro de atención, investigación y resolución oportuna. Una organización comprometida puede apoyarse en la guía internacional ISO 37002 de Sistemas de Gestión de Denuncias de Irregularidades, para establecer canales de denuncia confiables y eficaces para que abonen a los comportamientos éticos.

3.- La remediación pronta y profesional

Una vez identificado un posible caso o un caso confirmado de corrupción, llega el momento de actuar. La remediación puede implicar sanciones al colaborador involucrado, apoyándose en los códigos de ética firmados, en las cláusulas contractuales que establecen la postura de tolerancia cero y en la legislación vigente. Cuando involucra a funcionarios públicos, también deberán considerarse las obligaciones legales aplicables.
Cada remediación coherente envía un mensaje poderoso: “en esta organización, la integridad no es negociable”.

Transformando Organizaciones

Un sistema anticorrupción funciona cuando prevenir, detectar y sancionar son prácticas constantes.

Un Funcionario de Alto Nivel reconoce que la cultura evoluciona cuando el lenguaje cambia y se habla con naturalidad de ética; cuando las personas dejan de guardar silencio y comienzan a preguntar, cuestionar y reportar; cuando las decisiones difíciles se toman con integridad, aunque tengan un costo; cuando los mandos medios replican el mensaje no por obligación, sino por convicción; y cuando la presión social interna favorece la integridad y no el silencio cómplice.

Construir una institución ética es una decisión estratégica que determina la sostenibilidad, la reputación, la continuidad de la Organización y el futuro político de los funcionarios. La ética ya no es un discurso institucional: es una ventaja estratégica. Los líderes que comprenden esto no solo hacen crecer a sus empresas; construyen legados, construyendo cultura

Porque al final, la ética no solo transforma Organizaciones, transforma personas; y cuando las personas cambian, el futuro también se vuelve íntegro.

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