En el marco del Congreso Latinoamericano de Gerencias Legales, tuve el honor de moderar un panel de discusión muy especial titulado Más allá de la tecnología: salud mental, equilibrio y propósito en la profesión legal. En esta mesa de diálogo me acompañaron destacados profesionales del sector: Fabián Urriago, Director de Gestión del Conocimiento e Innovación en Pérez-Llorca Colombia, Daniela Rodríguez Buitargo Co Fundadora de Legal Hackers Bogotá y Lucero Casillas, Coordinadora Jurídica en Promotora Social México – PSM. En el presente artículo presento las ideas más relevantes y las reflexiones clave que surgieron de esta profunda conversación.
Yo ingresé al sector legal con lo que, al principio fue mi gran pecado capital, el no ser abogada. Por mucho tiempo traté y traté de demostrar mi valor pero parecía no encajar hasta que conocía el mundo de la innovación legal en el que de pronto, lo que había sido mi mayor defecto, se convirtió en mi mayor fortaleza ya que ahí vi que el abrir la abogacía a miradas multidisciplinarias para complementarse no solo era algo bueno, sino poco a poco se convirtió en una necesidad para la transformación legal.
A lo largo de los años desde que me inicié en los temas de legaltech y transformación digital, he observado cómo el discurso dominante en la abogacía gira en torno a la eficiencia técnica y a la automatización de procesos. Nos hemos centrado en cómo ser más productivos; en los departamentos legales y despachos la inteligencia artificial nos puede ayudar a reducir hasta el 40% de nuestras tareas. No obstante, el resultado sistémico sigue siendo alarmante: seguíamos en los mismos niveles de burnout; trabajando entre 12 y 14 horas al día y nos vamos dando cuenta que la tecnología por sí misma no nos ayuda a mejorar nuestra calidad de vida.
Esta constante carrera por optimizar el «cómo trabajamos» nos ha hecho perder el rumbo de nuestra actividad. Estamos aveces tan exhaustos y en modo supervivencia que nos hemos olvidado de abrir la conversación de “para qué” hacemos lo que hacemos. Los abogados jóvenes ingresan a la carrera ilusionados con la idea de impactar positivamente el mundo, pero al poco tiempo se topan con trabajo repetitivo y con liderazgos muy controladores que les hacen que se olviden del por qué decidieron estudiar Derecho.
No podemos abrir una conversación sobre el propósito si nos encontramos física y emocionalmente agotados. Vivimos en una industria que estadísticamente es una profesión con mayores niveles de estrés, de depresión, de ansiedad y de alcoholismo en el mundo. Es urgente abordar no sólo el cómo sino el para qué trabajamos para salir del estado de supervivencia.
La tecnología por sí misma no nos ayuda a mejorar nuestra calidad de vida si la aplicamos únicamente para hacer más contratos en menos tiempo en lugar de preguntarnos para qué hacemos lo que hacemos.
Historias de Transformación Personal
Para abrir el panel, coincidimos en que la verdadera innovación en la industria legal no proviene de las herramientas digitales, sino de la disposición de los profesionales a transformarse, reconocer sus límites y abrazar la vulnerabilidad. Decidimos contar cada quien una historia personal de transformación ya que varios hemos tenido que tocar fondo de alguna manera para decidir poner foco y priorizar el bienestar en nuestras vidas.
En mi caso experimenté un punto de quiebre hace unos años en los que tuve crisis de ansiedad y burnout irónicamente en uno de los picos de mayor reconocimiento profesional de mi carrera pero en mi vida personal me encontraba agotada, soltera, sin tiempo para comer, hacer ejercicio y problemas para dormir. Estaba poniendo mis logros profesionales como prioridad sin importar el costo personal ya que trataba constantemente de comprobar mi valor en un entorno en donde se cuestionaba mi contribución por no ser abogada. Un día entendí que el verdadero desgaste no veía de hacer mucho sino de intentar ser alguien que no era.
Por su parte, Daniela Rodríguez expuso las sombras del éxito corporativo y el colapso que la obligó a desprenderse de las ataduras de la rigidez tradicional y dar paso a una prática más humana: “Fui una abogada que creció profesionalmente muy rápido y cumplí muy jóven todos esos cheques de éxito. Sin embargo, empecé a enfrentarme también a esas oscuridades del sector legal y ese sentimiento de vacío. Sentía que estaba consumida por algo que en ese momento no tenía nombre pero hoy sé que se llamaba burnout. En uno de los momentos más bajos viajé a México y me enfrente a un proceso con medicina ancestral en el que concluí que me había muerto. Se murieron muchísimas versiones de mí, de esa abogada rígida, de esa abogada corporativa, de esa abogada que siempre quería tener la razón, y nació una nueva versión. Una abogada mucho más sensible”.
En su intervención, Lucero Casillas compartió cómo la búsqueda de sentido la llevó a replantearse el impacto de su ejercicio profesional tras una experiencia de servicio en Quintana Roo: “Escogí estudiar derecho porque sabía que me iba dar las herramientas para poder, pues reducir la brecha que hay de oportunidades y de desigualdades en nuestro país. Empecé litigando, después entré a un despacho grande, a temas más financieros y me di cuenta, hasta que me topé con un caso pro bono, que me había desconectado de mi propósito. Gracias a eso volví a conectar con esa convicción, con mi ´para qué´ me levanto a trabajar las 8 de la mañana, y decidí cambiarme y dedicarme a contribuir a proeyctos sociales.”
Finalmente, Fabián Urriago reflexionó sobre los costos implícitos que enfrentan quienes aportan perspectivas multidisciplinarias en un entorno diseñado por y para abogados: “Llevo más de 19 años en el sector legal y siempre he tenido que aclarar que no soy abogado. Aún sin serlo, tengo la satisfacción de haber construido una carrera que me ha permitido ganarme una voz un voto en las sillas de toma de decisión pero hoy me doy cuenta que asumí un costo muy alto a nivel personal”.
Como podemos ver, parte del sufrimiento y agotamiento en esta profesión proviene muchas veces de estar tratando de ser reconocidos y enfocarnos en los loros lo que hace que podamos perder la brújula de nuestro propósito y en la escalera interminable de perseguir los logros a cualquier costo. Es necesario parar y voltear a ver en nuestro interior para conocernos y reconocer qué nos mueve.
Herramientas emocionales para transitar la incertidumbre
Para redefinir la forma en que gestionamos la volatilidad y la carga operativa, es imprescindible escuchar qué ocurre en nuestro fuero interno. Tal como planteó Daniela Rodríguez durante el ejercicio de introspección: “antes de hablar de herramientas es importante que hablemos de aprender a identificar nuestras emociones porque si nosotros no sabemos qué estamos sintiendo, no es fácil gestionar el estrés”.
Entre las herramientas clave que Daniela compartió para sostener este proceso se encuentran:
- La intuición: Es esa voz interna que también cumple con un proceso racional de escuchar nuestro cuerpo.
- La respiración: Es lo que nos permite regularnos y estar en el momento presente.
- La creatividad: No hay innovación si no hay creatividad. Y la creatividad es ese espacio que le damos a nuestras ideas, a darle vida a eso que nos viene al alma.
- La fe y el juego: La fe como ese lugar que podemos habitar en el que, a pesar de la incertidumbre, confiamos con valentía en un resultado. El juego es lo opuesto al trabajo y a la depresión.
- El descanso consciente: Nos consumimos los tokens de nuestro cuerpo, de nuestra vida y después no podemos recuperar la afectación. El cuerpo es el que trabaja y el que nos sostiene.
Desde mi labor facilitando espacios de comunicación consciente, he observado que los conflictos en las organizaciones suelen originarse en necesidades emocionales no satisfechas y en la ausencia de seguridad psicológica. Detrás de cada crítica o conflicto laboral hay una necesidad personal no satisfecha, como no sentirse visto o reconocido. Si las organizaciones no ofrecen espacios emocionalmente seguros donde la persona pueda mostrarse tal como es sin miedo a ser juzgada, no habrá espacio para la creatividad ni para la verdadera innovación.
Nadie innova ni rinde si está exhausto; cambiar la industria legal exige reemplazar el dogma de las horas facturables por seguridad emocional, descanso y procesos multidisciplinarios eficientes.
El dogma de la hora facturable
En el tercer segmento del panel se abordó la incompatibilidad estructural entre los modelos tradicionales de negocio basados en la hora facturable y el bienestar integral de los equipos. No es posible exigir salud mental cuando las métricas organizacionales perpetúan un sistema de incentivos donde el éxito se mide bajo criterios puramente económicos y de desgaste físico.
Fabián Urriago analizó la desconexión existente entre la formación académica, las métricas de despacho y el bienestar real: “Estamos educando los abogados del futuro con el pensum del pasado. No los educan para ir a trabajar en una empresa y entender la empresa como un negocio. Entonces no le desarrollan habilidades diferentes a ser abogado. Venimos de una tradición en la que lo que valoramos es el abogado que menos duerme, el abogado que más horas facturables ingresa. L a hora facturable es dañina en la medida en que medimos a la gente es por horas. En el sector legal se valora el trabajar duro, no inteligente, porque el que es inteligente, y hace el trabajo de tres horas en una, está mal visto porque se va temprano.”
Frente a este panorama, Urriago concluyó que la solución requiere rediseñar el servicio jurídico descomponiendo sus fases en procesos eficientes donde la tecnología asuma las tareas repetitivas y los equipos multidisciplinarios se distribuyan la operación.
El propósito como ancla del bienestar y la integración total del ser
El propósito no es una abstracción decorativa; constituye el eje que sostiene el equilibrio en el tiempo. Lucero Casillas articuló la importancia de humanizar la práctica diaria: “El propósito sostiene la salud y el equilibrio. Creo que la clave para darle propósito a nuestra profesión legal es ponerle rostro a quien está atrás del documento. Muchas veces nos pasamos horas redactando cláusulas, analizando y pocas veces nos preguntamos, ¿esto le cambió la vida a alguien?”
Conslusión
A manera de reflexión final, reitero mi firme convicción de que el burnout no surge por hacer demasiado trabajo, sino por sostener durante demasiado tiempo una versión fraccionada de nosotros mismos para encajar en la industria. Cuando alineamos nuestro ejercicio profesional con nuestra esencia y propósito verdadero, la energía no se agota, sino se potencía.
El desafío y la invitación urgente para la industria legal es poder revisar el sistema de incentivos para crear espacios que promuevan la innovación y la creatividad. Para ello se debe de crear seguridad emocional en los espacios de trabajo para permitir la integración total del individuo en el entorno profesional. Dejemos de vivir fraccionados entre nuestra identidad personal y nuestra faceta técnica. Al permitir que el profesional traiga toda su humanidad, sus pasiones y su visión diversa a la mesa, no solo sanaremos los altos índices de agotamiento que nos aquejan, sino que detonaremos la innovación más auténtica y con impacto social que el mundo actual nos exige.
No estamos en burnout por hacer mucho trabajo, sino por llevar demasiado tiempo escondiendo nuestro verdadero ser para encajar en la industria legal: Janet Huerta







