Cuando la diplomacia se vuelve ruido, la paz exige método y demanda que la ONU armonice de nuevo la orquesta mundial.
Hay sonidos que no se anuncian con sirenas, sino con vibración. Es una tensión que se pega a los titulares, a los mercados y a las cancillerías. Son los tambores de guerra: ese ritmo antiguo que reaparece cuando la política deja de hablar en razones y empieza a hablar en ultimátums.
Hoy el mundo escucha variaciones de una misma melodía: desconfianza, competencia estratégica y orgullo nacional. La historia no es un metrónomo, pero sí es una memoria obstinada: cuando se cierran los canales de comunicación, el error de cálculo deja de ser teoría y se vuelve riesgo.
En América, el pulso entre Estados Unidos y Venezuela permanece como cuerda tensa. Se mezclan petróleo, sanciones, migración y legitimidades en disputa. Basta un gesto mal interpretado —un despliegue, una incautación, un anuncio de nuevas restricciones, una provocación— para que la escalada deje de ser retórica y empiece a producir hechos consumados.
Venezuela responde como responden los Estados que se sienten cercados: soberanía, resistencia y demostración de capacidad. Estados Unidos opera desde la lógica de la presión: aumentar costos, condicionar alivios, enviar señales. Entre ambas lógicas, el espacio para el diálogo se reduce, y con él se reduce la capacidad de corregir antes de que sea tarde.
Al otro lado del mapa, Rusia y Ucrania siguen en una guerra que ya remodeló la geopolítica europea. El conflicto muestra hasta qué punto los grandes bloques pueden acercarse al límite. Y cuando se acercan al límite, el planeta entero paga: energía, alimentos, inflación, desplazamiento humano, y un reacomodo de prioridades que empuja la paz al último renglón del presupuesto moral.
Las guerras empiezan con pasos que parecen técnicos y terminan en consecuencias políticas que nadie controla.
Hay una lección incómoda: las guerras grandes rara vez empiezan como “guerra total”. Empiezan como “medidas”, “operaciones”, “respuestas proporcionales”. Empiezan con pasos que parecen técnicos y terminan en consecuencias políticas que nadie controla. El tambor no sólo marca el ritmo; arrastra.
En ese ruido, la pregunta es sencilla y urgente: ¿quién toca el freno cuando el sistema internacional suena como orquesta sin director? Cada potencia afina su interés, cada alianza exhibe músculo, y los países medianos calculan cómo sobrevivir entre placas tectónicas. La paz se vuelve frágil cuando el derecho se queda sin dientes.
Ahí debe entrar Naciones Unidas, no como cronista, sino como actor. La ONU no es un gobierno mundial, pero sí es el foro diseñado para evitar la repetición de la catástrofe. Su mandato de paz no es decorativo: es su razón de ser. Y cuando la inercia la reduce a comunicados, pierde el mundo, no sólo la institución.
El protagonismo que hoy se necesita es práctico. La Carta de la ONU marca el camino: mantener la paz y la seguridad internacionales (art. 1); arreglar controversias por medios pacíficos (art. 2.3); abstenerse de la amenaza o el uso de la fuerza (art. 2.4); y, antes de cualquier escalada, acudir a negociación, mediación, conciliación o arbitraje (art. 33). Eso no es poesía: es obligación jurídica y horizonte civilizatorio.
Claro, la ONU sólo puede ser tan audaz como lo permitan sus Estados miembros. El Consejo de Seguridad, con su derecho de veto, es a veces dique y a veces puerta cerrada. Pero incluso en ese laberinto hay margen: más mediación y menos espectáculo; más comisiones técnicas, verificación y presencia humanitaria; más protección de civiles; y una diplomacia que no espere unanimidades perfectas para prevenir el desastre.
Cuando la ONU convoca, documenta, acompaña y propone rutas realistas, reduce el espacio de la propaganda, enfría la escalada y devuelve a la mesa el lenguaje del derecho.
Traducido a política pública internacional: diplomacia preventiva. Canales discretos, misiones de buenos oficios, verificación técnica, compromisos escalonados y mecanismos de supervisión que premien el cumplimiento. En entornos sin confianza, la paz no nace de la buena fe: nace de acuerdos verificables.
Para Estados Unidos y Venezuela, la salida racional exige mantener la disputa en el terreno político y jurídico, no militar. Límites claros a medidas que puedan interpretarse como actos de guerra; incentivos y garantías medibles; y acompañamiento internacional que no sea espectador, sino puente. Para Rusia y Ucrania, cualquier arreglo que sólo congele la violencia será un aplazamiento: la paz durable requiere seguridad, reconstrucción y reglas que no premien la fuerza.
Los tambores que hoy suenan no son profecía: son advertencia. Y las advertencias todavía se pueden corregir si alguien decide bajar el volumen, sentar a las partes y recordar que la paz no es un ideal abstracto: es un trabajo diario, frágil, exigente y urgente.
Empezamos el año con grandes advertencias de salud, económicas, politicas y sociales, pero ninguna tan grave como esos tambores que suenan todo el día, que no paran, que incluso de noche retumban en el horizonte. La sombra de la Guerra esta presente en el siglo XXI, y los pronosticos de otra Guerra mundial predicen el fin del mundo. Seremos capaces, despues de dos Guerras Globales, insistir en caminar esa vereda? ¿Así de estupidos nos hemos vuelto?
Sin diplomacia preventiva y sin instituciones capaces de frenar la escalada, el mundo avanza con tecnología del siglo XXI y reflejos primitivos.
Con tanta tecnología a nuestra disposición, actuamos de forma primitiva. Sacamos lo peor de nosotros para intentar cambiar el mundo a la fuerza, a nuestra conveniencia. Es terrible pensar que será con la Guerra donde volveremos a encontrar de nuevo la humildad, con el dolor de la tragedia humana de matar al otro por no saber dialogar: una verguenza en nuestros días.
Ahora más que nunca, los sistemas de justicia nacionales e internacionales están a prueba. Cuando el planeta se acostumbra al ruido de los tambores de Guerra, la paz sólo vuelve si alguien se atreve a restaurar el silencio del derecho, pero al parecer muy poca gente está por esa labor.
Los tambores de Guerra suenan y suenan, y todos somos testigos pasivos de la tragedia que se avecina.







