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¿Qué harías si encontraras el anillo de Giges?

“La honradez es digna de elogio, aun cuando no reporte utilidad, ni recompensa, ni provecho.”

 CONFUCIO.

 

Debido a los recientes acontecimientos, los medios de comunicación han realizado una serie de artículos y seguimiento a las opiniones de los principales actores en la vida política y judicial de nuestro país, dando por senta.do que todos, y parece ser que sin exclusión, somos corruptos.

 

Comento esto, ya que hace unos días leí una nota periodística en la que el Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, expresaba su opinión respecto de los supuestos “beneficios”  que tenían los miembros del Poder Judicial de la Federación.

 

Nota que se relacionaba con una diversa, en la cual el Ministro Luis María Aguilar Morales, enfatizó: “Cualquier funcionario corrupto es detestable, pero es absolutamente intolerable, repugnante y aborrecible aquel que ocupa el cargo del juzgador. La esencia del juez, su inherente independencia, es esencialmente incompatible con la corrupción.”

 

Es por ello que quiero compartir una opinión, no de la corrupción que nos aqueja como sociedad, sino todo lo contrario, de la honradez, que debe ser digna de elogio, y que en palabras del máximo representante del Poder Judicial Federal, es la ideología de quienes imparten justicia.

 

Viene a mi mente una reflexión que considero ad hoc al caso, ¿qué pasaría si todos tuviéramos por unas horas el anillo de Giges?.

 

Cuenta la leyenda que un pastor llamado Giges tras una tormenta y un terremoto, encontró en el fondo de un abismo, en lo más profundo, un caballo de bronce con un cuerpo sin vida, el cual tenía un anillo de oro, y por su belleza decidió tomarlo, sin imaginar lo mágico que podría resultarle.

Al darle la vuelta, el anillo le daba el poder a Giges de ser invisible. No tardó mucho en descubrir la magia del anillo, y lo utilizó para seducir a las más bellas mujeres, entre ellas la reina, y en su intento por apoderarse del reino la convenció de matar al Rey.

Esta leyenda, nos ejemplifica el hecho de que el ser humano no es injusto desde su nacimiento, como se piensa, pero que, basta que nadie lo observe, esto es, se haga “invisible” para supuestamente corromperse, en virtud de que no lo hace si se encuentra ante la mirada expectante de la sociedad, por el miedo al reproche de la misma.

Así, podemos no estar de acuerdo que una persona nazca o no corrupta, pensando en todas las circunstancias que lo rodean y lo impulsan a ello. Podemos también pensar, que la corrupción es de dos, y no sólo de quien la crea en su mente, algo que definitivamente no comparto, dado que existen actos por sí corruptos, sin ayuda de nadie, verbigracia, no pagar impuestos, “pasarse” un alto, manipular a las personas para obtener un beneficio propio.

En ese tenor, retomando la pregunta de ¿qué pasaría si todos tuviéramos el anillo de Giges?, no comparto la idea de que nos volveríamos corruptos ante lo invisible que podríamos ser, sino por el contrario, afirmo no lo seríamos, ¿de dónde deriva esta afirmación?, del hecho de que la mayoría de nuestros juzgadores resuelven inmersos en esta invisibilidad, ya que resolvemos los asuntos sin protagonismo alguno, bajo los principio éticos de profesionalismo, independencia, autonomía; apostando siempre a la honestidad, que en palabras de Confucio, mismas con las que inicio este artículo, es digna de elogio, aun cuando no reportara utilidad, ni recompensa, ni provecho alguno.

Es por ello, que aprovecho, no solo para hacer, tal vez un poco de conciencia, en quien lea estas líneas, de que aún existen y que son la mayoría, juzgadores, abogados, profesores que conservan ese ímpetu de actuar con base en las leyes y la ética; que no todo es corrupción, que las personas que tienen encomendada la tarea de enseñar, defender, o impartir justicia, se preparan y emiten sus decisiones con apego a derecho; que enseñan en las aulas, el actuar íntegro de un abogado y que exhortan a  llevar con decoro esta noble profesión. La idea central es empezar a hablar de los actos no corruptos, y reconocer a todo aquel que no lo sea.

Dejemos de poner atención únicamente a las llamadas “notas rojas”, que solo muestran índices de corrupción, pongamos más atención a lo que nos rodea diariamente, aprendamos a leer entre líneas, para así poder retomar la confianza en nuestras instituciones, y poder afirmar que la corrupción no es una generalidad en ellas, por el contrario, afortunadamente cada día hay menos incidentes en los cuales el actuar de los juzgadores es puesto en duda.

¿Qué le queremos dejar realmente a nuestros hijos?, un ejemplo de que somos más los que pensamos en no ser corruptos, en el entendido de que dar el ejemplo es la única y mejor manera de poder contrarrestar este fenómeno, demostrándoles lo gratificante que resulta, hacer lo correcto.

 

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