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La función jurídica de la vaguedad en la política

Un político del sistema tradicional mexicano frente a la pregunta de si se identifica con la izquierda o con la derecha, contestaría que ni con la una ni con la otra, sino todo lo contrario. Un secretario de estado de los años setenta del siglo pasado al preguntarle al presidente si contaba con su confianza, recibiría como respuesta que cuenta con ella, hasta que no se la retire.

Estos ejemplos del comunicar sin decir en la política  mexicana son reales, usted los recuerda junto con otras frases que aluden, por ejemplo, a que la hora del día es la que quiera el titular del Ejecutivo y no la que marque un reloj. La explicación común de este método de comunicación inefectiva es que servía para no comprometerse a realizar un acto político en un sentido concreto.

Considero posible tal explicación, aquí buscaré profundizar en ella a fin de apuntar una posible causa, y tal vez línea de investigación: Cuando por distintas razones no es política ni jurídicamente conveniente establecer un compromiso público, el lenguaje político debe ser deliberadamente vago.

Asumo que tal afirmación es polémica y trataré de sostenerla como hipótesis considerando en primer lugar las causas eficientes de la necesidad de recurrir a la vaguedad.

En primer lugar la ignorancia del tema o de la profundidad de sus ramificaciones; no siempre se puede conocer por anticipado la petición que se formulará, o el problema al que se le busca solución, y si bien toda persona que se dedica a la política debe tener tanto información general como capacidad de improvisación, actuar prudentemente (ese saber-hacer de los romanos) consistiría en evitar un compromiso tomado sin la información necesaria.

En segundo lugar una decisión temeraria puede tener consecuencias políticas de tal magnitud que resultaría mejor evitarlas (¿recuerda al primer ministro David Cameron y la consulta sobre el Brexit?) más aún en estos tiempos en que todo lo dicho se graba, y hasta el gesto más pequeño queda registrado para exhibirse después en Internet.

Tal vez la causa más importante sea la jurídica. Cuando se es autoridad o se busca serlo, opinar sin conocimiento de causa puede llevar tanto a una responsabilidad legal como a exigir el cumplimiento de la promesa o anuncio por el cauce del derecho. Y toda persona que haya participado en política sabe que la misma está hecha de circunstancias y actores cambiantes, de un laberinto de espejos amigos y enemigos que reflejan la misma imagen con pequeñas distorsiones.

Comprometerse es dar la palabra; para la mujer o el hombre que se dedica a la política el fijar una postura implica comprometer su nombre, su posesión más preciada y frágil.

Usted al rebatirme podrá citar las palabras atribuidas a Churchill: la sana dieta de un político implica comerse sus propias palabras. Pero para que el estómago social pueda digerirlas debe evitarse una indigestión de promesas fallidas.

¿Quién se dedica a la política debe mentir? No. La vaguedad también evita la mentira. ¿Debe entonces expresarse siempre de forma oscura? No, porque un político que nunca fija postura es poco confiable.

Frente a la necesidad de poner las cosas claras, de prometer acciones concretas a la vez que evitar las consecuencias jurídicas o el desprestigio producto de unas decisiones temerarias, el lenguaje de los políticos debe aspirar al equilibrio, que consiste en abonar a la certeza comprometiendo lo que se pueda, y evitando a la vez una mala decisión hacia el futuro.

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