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Democracias locales

El federalismo es una técnica para la distribución del poder, que parte de la convicción de que los problemas más inmediatos de las personas deben resolverse por los funcionarios (representativos o no) más cercanos a las mismas. Su contraparte es un poder centralizado todopoderoso.

Históricamente el federalismo en México nació como el arreglo institucional que daba estabilidad al país por medio del reparto del poder entre élites, unas locales y otra nacional. No se trataba de un modelo democrático; sin embargo, del que así haya sido no se desprende el que no pueda ser de otra manera.

El centralismo mexicano ha sido profundamente antidemocrático, contiene en sí mismo un desprecio por la realidad de las entidades, incluso cuando se hacen reformas “federalistas” a quienes no suele escucharse es a la ciudadanía local. Suele afirmarse que los gobernadores someten a los poderes así como a los órganos autónomos, pero en lugar de presentar estudios completos que lo acrediten, se recurre a la falacia de generalización, ya sea por mala fe o simple flojera intelectual.

De esta manera, al paciente se le ha diagnosticado (sin preguntarle) un déficit democrático local, y se ha recetado más centralismo, lo que debilita al enfermo y terminará por desaparecerlo. Esto pasa por alto que en asuntos tales como acceso a la información, los derechos de la infancia, los programas de resultados electorales preliminares, las consultas populares, los derechos de las personas LGBTQ, entre otros, los primeros avances se dieron en las entidades. Otro tanto sucede en este siglo con la justicia constitucional, bastante más moderna en varias entidades que lo que se pensaría desde la capital del país.

Le pregunto a usted: ¿alguna de las reformas centralistas nos han hecho una nación más democrática?

Hablando de la democracia participativa, en esta los esfuerzos locales resultan pioneros y valiosos. Referéndums y plebiscitos en Yucatán, Veracruz, Jalisco, Querétaro; las experiencias del presupuesto participativo en la propia Ciudad de México, entre otras. Si nos centramos en la democracia electoral, las elecciones por usos y costumbres en Oaxaca o la segunda vuelta en San Luis Potosí resultan experiencias interesantes.

No afirmo que todo lo anterior sea positivo, sino que debe analizarse y estudiarse, porque son ejercicios que han respondido a una realidad política local, que se ha enfocado de forma distinta a como sucede desde los poderes nacionales.

Así, ¿qué tal si le apostamos a fortalecer la democracia local como una parte importante de la apuesta del nuevo régimen? Por ejemplo, aumentando los mecanismos de la sociedad para conocer lo que hacen sus gobiernos e incidir en las políticas públicas. De esta forma evitaríamos tanto un federalismo elitista como un centralismo que también termina por dejar las decisiones en unos cuantos.

Veamos esto como una oportunidad para que el gobierno nacional se concentre en su agenda, que bastantes temas contiene y muchos esfuerzos requerirán, mientras en lo local fortalecemos la ciudadanía mediante ejercicios participativos, acostumbrándonos toda la ciudadanía a tomar la política en nuestras manos.

Un federalismo de la calle, del día a día, no de oficina, no de fachada.

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