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Cuando la Cibercriminalidad Irrumpe en Nuestro Espacio Íntimo

Co autora Dra. Cynthia Solís Arredondo

En pleno 2021, en la era de la hiperconexión, cuando todos de una u otra manera nos encontramos ligados o, por lo menos, somos accesibles, también somos víctimas o beneficiarios de una pandemia que, por una parte, nos ha mantenido aislados, y, por otra, inmersos en nuevos paradigmas. Hoy, que deberíamos sentirnos más seguros en nuestra intimidad, en nuestra zona de confort, en nuestro búnker personal llamado casa, o en el mejor de los casos, hogar, nos sentimos más inseguros e invadidos que nunca.

Gracias a la pandemia declarada oficialmente hace poco más de un año, el mundo entero tuvo que modificar su dinámica, migrar a un modelo de trabajo a distancia al que muchas empresas le tenían pavor, la economía tradicional tuvo que hacer una parada forzosa y obligada, bajar la velocidad intempestivamente para dar paso a todos aquellos modelos de negocio digitales que llevaban la delantera por años.

Así como una gran parte de la economía tuvo que migrar rápidamente al entorno digital para sobrevivir, la delincuencia tiene años presente en el entorno digital y la pandemia también incrementó la incidencia en los llamados ciberdelitos o delitos informáticos.

Mantenemos relaciones muy íntimas con nuestros dispositivos conectados. A los pocos minutos de habernos despertado, la mayoría ya estamos consultando el teléfono móvil. Lo consultamos más de 150 veces a lo largo de la jornada y pasamos el equivalente a cerca de dos horas diarias con un teléfono móvil pegado a la oreja. A medida que estos aparatos se han vuelto omnipresentes, cada vez hay más datos de nuestra vida almacenados de manera casi permanente en servidores y que pueden ser consultados por otros (incluidas empresas y agencias del Gobierno).[1]

La idea de que todo puede medirse, cuantificarse y almacenarse representa un cambio fundamental para la condición humana. Durante miles de años hemos vivido según la idea de que somos responsables ante un Dios omnipotente que todo lo ve y que nos vigilaba por nuestro propio bien, para garantizar nuestra salvación. Por esto, entre otras razones, resulta tan efectiva la religión. Ahora, en cambio, en solo unos miles de años hemos reproducido esa red omnipotente que todo lo ve en la Tierra… impulsados por motivos menos elevados y quizá aún más efectivos, comercialmente hablando.[2]

Siendo muy reservados y optimistas, aquello que conocemos como “cibercriminalidad” y que ni la propia Convención sobre la Ciberdelincuencia del Consejo de Europa define, pero hemos ido aterrizando conceptualmente por los hechos, tiene al menos dos décadas de operaciones en nuestra vida cotidiana, sin embargo, lógicamente, debido a los factores anteriormente descritos, se ha resentido mucho más en la sociedad, ya que esos catalizadores, en conjunto con un caldo de cultivo llamado ausencia de cultura de la ciberseguridad, han traído como consecuencia que una gran parte de la sociedad mexicana se haya visto directa o indirectamente afectada por la ciberdelincuencia.

En 2017, la Condusef reportó 3.3 millones de reclamaciones por fraude, de ellas el 92 % de fraude cibernético fue a través del comercio electrónico. En 2020, reportó que aumentaron 25% los reclamos por fraudes cibernéticos respecto de 2019 y estamos únicamente enfocándonos en el aspecto financiero, sin embargo, el catálogo de conductas que podemos clasificar como ciberdelitos, o delitos informáticos para ser más precisos, es mucho más amplio.

Por ejemplo, las redes de pornografía infantil, trata de personas y turismo sexual también se han valido de los medios digitales para infiltrarse en el ámbito más íntimo de nuestras vidas a través de las redes sociales, atentando contra los tesoros más preciados y a la vez más frágiles de la sociedad, nuestros niños y adolescentes.

Según datos a los que ha tenido acceso BBC Mundo, la semana del 17 de marzo (tres días después de que el gobierno español declarase el estado de alarma) al 24, se registraron unas 17,000 descargas de material con pornografía infantil. La semana siguiente, del 24 al 31 de marzo, las descargas subieron a más de 21,000, es decir, aumentaron casi un 25 %.[3]

En el marco del Día Mundial de Internet, la Dirección General Científica de la Guardia Nacional dio a conocer que, derivado del confinamiento, las denuncias por “pornografía infantil” en el país crecieron 73 % entre marzo y abril.

De acuerdo con Radamés Hernández, director del Centro de Respuesta a Incidentes Cibernéticos de la Guardia Nacional, la razón en este aumento en los delitos es por el encierro de los usuarios en sus casas, quienes empiezan a tener mayor actividad en la red por fines de entretenimiento y educativos.[4]

Por si eso fuera poco, que no lo es, el boom de las redes sociales enfocadas en público adolescente como TikTok, trasladó, aunque nadie quiera aceptarlo, los ojos de una ola de pedófilos y pederastas hacia los millones de videos que se generan por parte de menores de edad que contienden día a día por obtener un like y un seguidor nuevo, y cada vez más y más. Mientras nuestra juventud sufre de ansiedad por no ajustarse a los estándares de vida perfecta que nos imponen las redes sociales como Instagram; por otra parte, miles de personas con oscuras intenciones encuentran en estos entornos la fuente de contenidos frescos de donde pueden nutrir sus sitios de pornografía infantil y las mismas redes sociales se convierten en catálogos perfectos de víctimas que pueden atraer a sus redes de explotación sexual.

Sin (querer) darnos cuenta, los ciberdelincuentes han irrumpido en la sala de nuestro hogar, en las habitaciones de nuestros niños y adolescentes, en nuestros teléfonos móviles y dispositivos conectados, en nuestra billetera, en nuestro nuevo centro de trabajo.

Efectivamente, estamos encerrados en nuestra casa amurallada que nos genera esa falsa percepción de seguridad e intimidad, pero hemos abierto las puertas de nuestra recámara e invitado al ciberdelincuente a prácticamente dormir a nuestro lado en nuestros dispositivos digitales por no entender que existen principios básicos de ciberseguridad que podemos aplicar en nuestro día a día.

Doctor en Derecho, Maestro en Propiedad Industrial, Derechos de Autor y Nuevas Tecnologías y profesor en la Maestría de Protección de Datos de UNIR México.

Doctora en Derecho Privado y Ciencias Criminales y profesora en la Maestría en Protección de Datos de UNIR México.


[1] Manuel Castells. “El impacto de internet en la sociedad: una perspectiva global”. Cambio: 19 ensayos fundamentales sobre internet que están cambiando nuestras vidas. OpenMind BBVA. Disponible en: https://www.bbvaopenmind.com/articulos/el-impacto-de-internet-en-la-sociedad-una-perspectiva-global/

[2] Peter Hirshberg. “Primero los medios y luego nosotros. Cómo ha cambiado internet la naturaleza fundamental de la comunicación y su relación con el público”. OpenMind BBVA. Disponible en: https://www.bbvaopenmind.com/articulos/primero-los-medios-y-luego-nosotros-como-ha-cambiado-internet-la-naturaleza-fundamental-de-la-comunicacion-y-su-relacion-con-el-publico/

[3] Angelo Attanasio. “Coronavirus: el dramático incremento del consumo de pornografía infantil en el confinamiento por el covid-19”. BBC Mundo. Disponible en: https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-52385436

[4] Juan Luis Ramos. “Durante confinamiento ha aumentado la pornografía infantil”. El Sol de México. Disponible en: https://www.elsoldemexico.com.mx/mexico/durante-confinamiento-ha-aumentado-la-pornografia-infantil-5237212.html

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